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Papeles de Nunca Jamás por Esther Requena se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-LicenciarIgual 3.0 Unported.

domingo, 16 de enero de 2011

GLADIO


Mientras estuvo en el piso mantuvimos alguna conversación. No era por piedad, ni mucho menos, es que las horas se hacen eternas cuando lo único que tienes que hacer es esperar. Él había nacido en Maglie, como mi abuelo. Incluso creía recordar el obrador de pan de mi familia y que iba al horno con su madre para hornear el pavo en Navidad. En otras circunstancias  jamás le hubiera transmitido ninguna información personal que diera a la policía pistas sobre mi identidad, pero él y yo sabíamos que había sido condenado a muerte y que su destino estaba escrito desde que Mario le secuestró. Lo demás, las cartas, la liberación de nuestros presos, el pulso con el estado…todo eran artimañas de uno y de otro lado. Eso lo supe años más tarde, cuando el tiempo empezó a disipar la niebla que  habían levantado en torno al caso.  
            Pero entonces no había sitio para la duda dentro de aquel bunker de principios y creencias en el que se había agazapado mi capacidad de reflexión. Yo seguía fielmente las consignas, me entregaba a los trabajos que se me encomendaban con la fe ciega del converso; asistía a las reuniones sintiéndome poderosa, pieza clave del engranaje que revolucionaría el orden establecido; no vacilaba, no analizaba. Se me encargaba custodiar al prisionero y así lo hacía, se confiaba en mí para vigilar el coche y allí estaba, apostada durante toda la noche, esperando el sonido de las primeras sirenas para avisar, esperando a que abrieran el maletero del Renault 4…
            Valerio había robado el coche aquella misma tarde, lo había dejado cerca del piso para que el transporte del cadáver, a pesar de las escaleras, no se hiciera especialmente penoso. Por la mañana, antes de la ejecución, habíamos decidido dejar aparcado el coche en Vía Caetani, a mitad de camino entre la sede de Democracia y Cristiana y la del Partido Comunista. En realidad el lugar estaba ya acordado antes de la reunión, como otras muchas cosas. A veces, en casa, Valerio comenzaba con su retahíla de dudas, apenas susurradas, como si nuestra condición de clandestinos pudiera traspasar las paredes de nuestro hogar y llegar hasta Mario o hasta los otros. Solo yo sabía de las sospechas de Valerio, de hasta dónde llegaban los cabos que hilaba. “Demasiadas coincidencias, Adriana, demasiadas”; “¿y si solo fuéramos el instrumento?”; “¿Merece la pena que hayamos dejado a nuestra hija por esta lucha?” Yo temblaba de miedo al escucharle, ni siquiera a él, que era lo que más quería en el mundo, había sido capaz de contarle mi desasosiego. No podía verbalizar aquella conmoción que sentí momentos antes de tirotear a los escoltas, durante el secuestro, cuando uno de ellos señaló, alegre, sin saber que iba a morir, a una golondrina que cruzaba el cielo. Tampoco podía escuchar mi propia voz diciendo que me hubiera gustado permitirme  la piedad que sentía hacia Moro, que pidió un traje limpio y los útiles de afeitar porque quería ser un cadáver presentable, con esa dignidad de los hombres del Sur que tan mal se comprende fuera de esas tierras. No me despedí de él.
            Han pasado casi cuarenta años. Ahora tengo 56, de los cuales he pasado 16 en la cárcel. Condené a mi hija a una infancia sin madre, perdí a Valerio y, sobre todo, causé tanto dolor a otros seres humanos que no queda entre mis células un hueco que no esté cubierto por el arrepentimiento.
Todas las noches, al intentar dormir, una golondrina vuelve a cruzar el cielo de Roma.
Todas las noches, antes de dormir, vuelve a abrirse el maletero de un viejo Renault 4 y aparece, desvalido como un muñeco roto, el cadáver de Aldo Moro.
           
           


           
           

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