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Papeles de Nunca Jamás por Esther Requena se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-LicenciarIgual 3.0 Unported.

domingo, 16 de enero de 2011

ABRAZOS DE OSO Y BESOS DE VACA.


A su madre le molestaba mucho la confusión, pero a su padre parecía importarle muy poco. Realmente, desde que se quedaron solos, su padre parecía flotar sobre el mundo, sin mirar a nadie, con un desinterés absoluto por lo que le rodeaba. Hasta por ella.
          “No señorita, no es un niño. Se llama Leyre y es mi hija”
          El padre contestó a la empleada de la compañía con gesto adusto. A Leyre le parecieron perfectas su contundencia y su brusquedad. Por primera vez no tuvo que escuchar reproches que la culparan de su pelo corto, de sus pantalones anchos y de sus orejas sin pendientes. A su madre sí le importaba, y mucho, que su única hija se asemejara más a Oliver Twist que a la dulce muñeca con la que soñaba de niña, aquella a la que vestiría como a las hijas rubias de las princesas que salían en las revistas.
          Eso le contaba su madre, entre risas, cuando le echaba agua oxigenada en las rodillas desolladas. O cuando le quitaba los pendientes que le habían ocasionado otro sarpullido. O cuando le cambiaba el vestido porque de tanto saltar, de tanto correr, de tanto reptar, se había vuelto a descoser el dobladillo o se había hecho un siete en el nido de abeja.
          “Quería una niña rubia y mira lo que me trajo la cigüeña: una cabritilla loca que sólo sabe triscar” Y se la comía a besos. Abrazos de oso, apretados, muy apretados y besos de vaca de los que hacen agujeros en la mejilla y después suenan y resuenan.
          Su padre le ajustó el cinturón de seguridad y al hacerlo rozó sin querer su pecho.          Le dolió. Le dolían terriblemente aquellos dos bultos que empezaban a crecer. Extraños, enemigos. Odiaba la idea de que a ella le salieran tetas. Le repugnaba ver su pecho en el espejo, tanto que a veces se sorprendía fantaseando con amputarlos con la navaja de afeitar de su padre. Como le pasó a la santa de la iglesia del pueblo de la abuela. Qué suerte.
          La abuela y las tías hablaron con su padre. “Está a punto del cambio, Santiago, no hay más que verla. ¿Te encuentras preparado para eso, Santiago? ¿No estaría mejor la cría con nosotras, que somos mujeres y la vamos a entender. Santiago, sería sólo por temporadas. Piensa en ella, piensa en tu hija, la pobrecita, sin madre y a punto del cambio”
          El padre le pidió atención. Las azafatas explicaban, con la mirada perdida en el fondo del avión,    ciertas medidas de seguridad en medio de una grotesca y rutinaria coreografía que a ella le causó una risa tonta que no pudo acallar ni tapándose la boca con las manos.  El padre le dirigió una mirada que contenía a la vez reproche y complicidad. Leyre se la devolvió con una sonrisa y buscó su mano cuando el avión comenzó a moverse. Su padre odiaba los aviones, le daban terror. Ella lo sabía y lo sentía al apretar la mano sudorosa. Ella quería estar con su padre cuando la menstruación apareciera. A eso lo llamaban el cambio. Julia Garrido ya había menstruado y también Alicia y Sara Pacios. Se chuleaban delante de ella y hablaban de dolores de ovarios y de compresas. Ella sabía que exageraban cuando, en clase de Sor Encarna, se doblaban sobre el vientre o fingían náuseas. Se hacían las mayores delante de las demás, por la tontería de la regla. A Leyre la regla le daba asco. Sólo eso. Pero no tanto como las tetas creciendo en su pecho. Eso era lo peor.
          Preguntó a su padre si podía jugar con la nintendo ahora que el avión había coronado y ya se podían desabrochar los cinturones. Se lo preguntó dos veces, pero él, con los ojos cerrados, no la escuchó. Leyre no insistió. Sabía que no dormía, sólo descansaba de llevar tanta tristeza en los ojos. Ella se había acostumbrado a ver así a su padre y sabía que entonces no había que asustarse, sólo volverse invisible y no molestar. Y hacerlo de forma que él la sintiera, por ejemplo sentándose cerca de él o tapándole con la mantita. A su padre le estaba costando mucho acostumbrarse a su nueva situación, la de padre viudo. Todo era más difícil al crecer; todo se hacía extraño e incomprensible.
          Por ejemplo, ella misma. Empezaba a aburrirse en el fútbol, algo que nunca había imaginado que pudiera ocurrir, ella que sin duda era la mejor defensa de los alevines de la ciudad. No se lo había dicho ni a David,  y mucho menos le había confesado que le parecía guapísimo el chico que salía en uno de los culebrones que veía su abuela. Y que a veces se ponía rabiosa cuando Julia Garrido se les acercaba y se ponía a hacerse la cursimoñas delante de él. La odiaba tanto que le gustaría arañar su cara, arrastrarla por el gimnasio y patearla, patearla como en las películas.
          Y que a veces lloraba sola, por la noche, y no era por su madre. Era porque sí, porque le estallaba el llanto por dentro y tenía que dejarlo salir.
          Su padre le apretó la mano y le indicó con un leve gesto de cabeza la señal iluminada que indicaba que había llegado el momento de ajustarse el cinturón.
          “Vamos a aterrizar, mi niña”
          Le vió animado, sonriente.
          “Te va a encantar Lanzarote. Ya verás qué playas y qué paseos en camello que nos vamos a pegar tú y yo”
          Leyre se acercó a él todo lo que el cinturón le permitió y le dio un abrazo de oso apretado y un beso de vaca fuerte, fuerte, de los que dejan agujero.
          “¡Hija, por Dios, que ya no eres una niña!”
          Leyre se echó a reír y se juró, en aquel momento, que guardaría para su padre, sólo para él, los mejores abrazos de oso y los mejores besos de vaca.




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