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sábado, 3 de noviembre de 2012

AL OTRO LADO DEL CRISTAL






AL OTRO LADO DEL CRISTAL
Dicen que no, que es imposible.
            Que él no puede ver quién está detrás del cristal.
            No es cierto. Él sabe que yo estoy ahí, frente a él, detrás del cristal. No tengo la mínima duda. Y si la tuviera, se evaporaría al ver la firmeza desafiante con que su mandíbula me reta, apuntándome, desde el otro lado.
            Me preguntan si le reconozco como mi agresor, que si se trata de él.
            Lo es. No temo equivocarme.  Lo confirma el temblor irresistible que se ha vuelto a adueñar de mi cuerpo, el sudor de mi frente y el nudo que me estrangula en la garganta y me impide contestar que sí, que fueron sus manos las que me arrancaron la ropa, que fueron sus brazos los que me aplastaron contra el suelo, que fue su cuerpo el que rompió el mio para siempre.
            Asiento con la cabeza. Él lo descubre, seguro. Se levanta de improviso, tira la silla con violencia y avanza hacia el vidrio que nos separa. Se para delante, provocándome, y lanza al aire una carcajada de hiena desde la boca que me desgarró. Mis ojos ven sus fauces negras, abisales, puntiagudas.
            Estoy a punto de desmayarme.
            Los agentes acuden en mi auxilio. Bebo un sorbo de agua y recobro un hilo de control.
            Pregunto su nombre.
            Suena normal, como el de un hombre normal. Con esa normalidad del asesino que siempre sorprende a sus normales vecinos cuando sale de su normal casa con las manos esposadas.
            Me grabo su normal nombre en mi mente. No lo repetiré en alto jamás. Puede que su nombre sea un conjuro y que al pronunciar en alto cada sonido, cada sílaba que lo conforma, él vuelva a hacerse presente y me vuelva a matar.
            Cuando se me indica, saludo agradecida y me voy.
            Él se queda ahí. Solo. Detrás del cristal
            Camino pausada hacia casa. El fresco viento que despide el verano barre las calles y, poco a poco, esponja de oxígeno y razón mi pobre mente, a la que el miedo vuelve de corcho.  
            No puedo continuar con esta absurda farsa, me digo mientras estrujo la vieja denuncia con rabia hacia mi misma, hacia el delirio en el que sumerjo cada vez que me entero de que han detenido a un violador. Me terminarán por conocer en todas las comisarías de la ciudad, quizá ya sepan quien soy; quizá lo que yo tomo por cortesía y atenciones no sea sino conmiseración.
            Sin embargo esta noche podré dormir. Da igual que fuera él o no. Han pasado cinco años y los rostros tras el cristal se superponen y se desdibujan y son ya demasiados como para que pueda recordar.
            Sigo el camino de regreso con la brisa en la cara y el ánimo sosegado, ajeno a la angustia y al terror que, por un tiempo, se quedarán al lado del hombre del otro lado del cristal.

           
           

           

martes, 30 de octubre de 2012

CENICIENTA




CENICIENTA

La madre de Daisy murió de repente, cuando la niña sólo tenía cinco años. Sus tías eran tremendamente pobres, apenas disponían de medios para alimentar a sus propios hijos, por lo que pidieron al padre de Daisy que se hiciera cargo de la niña. El padre mandó dinero para el viaje y Daisy aterrizó en Madrid, sola, asustada y no pudo reconocer en aquel hombre que no se atrevía a abrazarla a su papá, al de la foto que presidía el salón de su casa de Guayaquil.
Daisy y su papá comenzaron una nueva vida juntos compartiendo con otra familia un piso diminuto en el barrio de Tetuán. La otra familia se componía de un matrimonio con dos hijas de parecida edad a la de Daisy. Desde el primer momento aquellas niñas y ella no congeniaron. Eran muy diferentes: Daisy era callada, comprensiva y dulce. Las otras eran caprichosas, egoistonas y muy, muy envidiosas. Eran el retrato en miniatura de la madre. Por la noche Daisy lloraba bajito para que su padre no la oyera. Echaba de menos a su mamá, a sus tías y primos y a su vida en Ecuador.
Una noche la policía llamó a la puerta de su casa: unos guardias malencarados se llevaron preso al marido de aquella señora y, poco después, Daisy pudo enterarse que ese señor tendría que cumplir una larga condena en la cárcel. Drogas, creyó oír.
Al poco tiempo su padre le dijo que, a partir de aquella noche, pasaría su camita al cuarto de las otras dos niñas. Él dormiría con la mujer. Le pidió que, a partir de ese momento, le llamara mamá.
A partir de entonces, todo cambió para Daisy. Su padre encontró un magnífico trabajo como camionero. Ganaba mucho dinero recorriendo Europa con su camión, pero pasaba semanas y semanas lejos de casa. Se iba tranquilo pensando que su pequeña estaría atendida con cariño y, que pronto empezaría el colegio, que podría estudiar, tener educación, un buen empleo, quizá una carrera universitaria...se sentía feliz y esperanzado y, cuando regresaba, lo hacía cargado de regalos: vestidos, joyas, juguetes. No podía evitarlo: los mejores y más bonitos eran para su pequeña Daisy, la niña de sus ojos.
La realidad era muy distinta: cuando el padre volvía a emprender viaje, Daisy era despojada de todos sus regalos, y comenzaba para ella un calvario de insultos y vejaciones. La obligaban a hacer todas las tareas de la casa, a servir como criada a las tres y la amenazaban con tremendas palizas si se atrevía a contar a su padre lo que ocurría cuando se quedaban solas en casa.
La mujer tenía totalmente engañado tanto al padre de Daisy como a la vecindad del barrio, que no lograba comprender del todo cómo aquella niña tan triste, siempre sucia, siempre mohína, era capaz de amargar la vida a aquella pobre mujer y sus hijas que se habían hecho cargo de ella. La mujer y sus hijas eran tres actrices, capaces de engañar a todos.
Llegó el momento en que Daisy debía empezar el colegio, y fue matriculada en el del barrio. Ella deseaba que llegara aquel momento, tenía auténticas ganas de aprender, de cumplir los sueños de su padre. También ella soñaba, quería ser maestra y volver a su país para enseñar a los niños pobres de allí.
La mujer y sus hijas se rieron de ella cuando se atrevió a preguntar por la cartera y los libros.
-         ¡Sonsa, sonsa! Tu sitio está aquí, en la cocina o planchando la ropa. Y con tu beca nos compraremos muchas cosas lindas. ¡Sonsa, peluda!
Daisy lloró. Lloró como nunca había llorado. Lloró tanto que se quedó sin lágrimas y, entonces, pensó que como ya no iba a poder llorar más, mejor era pensar en algo para poder ir al colegio y llegar a ser maestra. Se secó las últimas lágrimas y, aprovechando que la habían dejado solita en casa, abrió como pudo la puerta y salió a la calle.
Fuera llovía. Buscó a una mujer mayor que tuviera cara de buena y cuando la encontró no dudó en preguntar:
-         Señora, por favor ¿podría decirme dónde está el colegio?

Fue la señora Paca, la frutera, la que me trajo a Daisy. Llegaba con los harapos empapados, terriblemente sucia, flaca y consumida por la fiebre. Sólo sabía decir su nombre y que quería ser maestra. No pudo decirnos dónde vivía, sólo que desde la ventana de su cuarto se veía, a lo lejos, la montaña y que su padre estaba de viaje siempre, con el camión.
Por la noche fui a verla al centro de acogida. Había algo en aquella niña que me conmovía profundamente, a pesar de que hacía tiempo que había desarrollado una muralla que me protegía de la desgracia y que a su vez me permitía trabajar con eficacia en aquel colegio de barrio pobre, casi marginal, que se había convertido en lo más importante de mi vida. Daisy me reconoció y se alegró de verme. Y sólo con mirarnos, firmamos un pacto silencioso en el que yo pasaba a ser su hado madrino y ella dejó de ser la Cenicienta.
Quince años nos separan a Daisy y a mí de aquel momento. Ella terminará magisterio el próximo año y se ha convertido en una linda morenita, esbelta y fuerte como un junco, que no quiere ser princesa, sino cooperante. A su padre se le cae la baba mirándola. Ninguno de los dos quiere recordar a la mala mujer y a sus hijas. Todos los jueves cenamos juntos los tres, unas veces en su casa; otras en la mía.
Yo soy, simplemente, quince años más viejo.


jueves, 21 de junio de 2012

"Historias de la puta crisis" en la radio

Dejo dos enlaces de programas de radio en los que se ha hablado de "Historias de la puta crisis".
El primero es una entrevista a Enrique Gracia Trinidad en el programa "El planeta de los libros", sale en el minuto 17

http://elplanetadeloslibros.com/html/audio-226-poesia-en-la-feria.htm

El segundo es de radio Atlantis y recoge un fragmento leído del libro y de una entrevista que me hicieron. Minuto 29:10

http://radioatlantis.es/?p=377





viernes, 15 de junio de 2012

FANTASÍA SOBRE EL NIÑO CHARLIE DICKENS


Charlie cruza el parque sin prestar atención a la capa de hielo con que la noche ha disfrazado a los desnudos álamos de las veredas. Camina apresurado. El alba ya ha despuntado y el tiempo se le acaba. Si quiere librarse de los latigazos del señor Scrooge, hoy no puede permitirse salir al encuentro del Truhán y bien que lo siente, porque a Charlie le gusta seguir al Truhán por el laberinto de calles, patios y pasadizos del Soho y contemplar con cierta malévola curiosidad a las mujeres de la noche desparramadas de pena y alcohol en las oscuras esquinas.
Si Charlie no anduviera a la carrera para llegar a tiempo a la fábrica de betún en la que trabaja, quizá hubiera contemplado a los árboles amortajados de hielo, como fantasmas y quizá habría encontrado placer en imaginárselos atormentando al señor Scrooge, el malvado señor Scrooge, el capataz que azota a los chicos que llegan tarde a trabajar…
Deja a la izquierda la cúpula de Saint Paul y corre presuroso hacia Charing Cross. Aunque Bill, Papa Harinosa, le ha mostrado un agujero desde donde acceder al sótano de la fábrica, Charlie sabe que si es sorprendido intentando burlar la vigilancia de Scrooge, será castigado con otras 12 horas sin paga y en domingo. Charlie, los domingos, visita a su padre en la prisión para grandes deudores, de Marsalshea. Su familia necesita los seis peniques semanales que Charlie gana pegando etiquetas en los botes de betún y a Charlie, que desde hace tres meses ya no comparte la celda familiar, le complace enormemente entregar su sueldo y, además, escuchar las historias que le cuenta su vecino de celda, el señor Pickwick, orondo como un barril.
Algún día, le dice a su maestra, escribiré las historias del señor Pickwick y sus viajes en diligencia. Algún día escribiré tu historia, pequeña Dorrit, le dice a Nell, su amiga. Y también contará la de Truhán, el ladronzuelo que le inicia en los secretos del hurto, y la del niño pálido que encabeza el entierro de los hijos de los ricos, rezando con dulce voz al ataúd blanco.
Charlie dobla la esquina sin mirar la verja del caserón encantado. A veces, cuando termina la jornada y desanda el camino, consigue ver a una hermosa niña de largo cabello rubio, sola, en el jardín y Charlie sueña con tocar su mano de nácar.
Pero son tiempos difíciles, no aptos para ensueños, como suele decir la señora Peabody, la criada de su amigo David Copperfield.
Algún día…
Charlie llega a tiempo, justo antes de que el malvado Scrooge toque la campana que inicia el turno de día.
―Llega usted tarde, señor Dickens― le dice con su boca desdentada.
Pero Charlie ya se ha perdido en la oscuridad. 

(Sentido homenaje a Dickens, el autor que marcó mi niñez lectora.)

martes, 22 de mayo de 2012

NOTA DE PRENSA DE ED. ATLANTIS SOBRE HISTORIAS DE LA PURA CRISIS






Esther Requena publica Historias de la puta crisis, en el sello Netwriters de Ediciones Atlantis, un libro de relatos que ofrece una visión divertida y diferente de la actual situación económica y social. Enrique Gracia Trinidad aporta sus ilustraciones críticas a la obra, que cuenta, además, con un prologuista de lujo: el periodista de RTVE  Jesús Marchamalo. Un libro que planta cara a la actual coyuntura con humor y buena Literatura. Y que supone una mirada diferente a la cotidianidad que todos conocemos. Una mirada femenina y singular que va a hacer sentir a los lectores que, al menos, la crisis sirve para que no perdamos la esperanza en los individuos. Todos somos parte de quien la sufre, de una u otra forma. El libro de Esther Requena no solo mira lo que ocurre, también, al final de cada historia - independientes pero conectadas por el hilo que las sostiene - nos da, con absoluta ironía e inteligencia, unas ingeniosas fórmulas para salir de esta dilatada, y al parecer difícil de superar, crisis general y particular. Un libro delicioso al que las ilustraciones de Trinidad acompañan para hacerlo uno de los más atractivos publicados cara a esta Feria del Libro de 2012.



La autora

Escritora y profesora de Lengua y Educación Especial en el Instituto de Enseñanza Secundaria de La Adrada, Ávila. Experta en Bibliotecas Escolares. Periodista y articulista del Diario de Ávila, periódico en el que ha llevado, durante cinco años, la columna de opinión "Femenino Singular". Escribe, además, en diversas publicaciones literarias y ha publicado numerosos relatos, tanto en revistas literarias y culturales, como en la red. En 2011 publicó, como autora y coordinadora, el libro de relatos "El tintero".
 CONTRAPORTADA DE ENRIQUE GRACIA TRINIDAD

domingo, 1 de abril de 2012

LA PLAGA DE HADAS DE LA CALLE YORK


LA PLAGA DE HADAS DE LA CALLE YORK

            Como había dejado de llover, conseguí convencer a Noelle para que nos acercáramos hasta la tienda de la esquina del señor Singh. De vez en cuando el señor Singh trae aceite de oliva a un precio razonable, si también encontrábamos tomates maduros, podía preparar gazpacho con recuerdos de sabor español. Un manjar de dioses en el corazón de Bristol.
            Me di cuenta enseguida, apenas crucé el umbral de casa. Olía a hadas.
―¡Ya estamos!- exclamé con fastidio– Otra vez se nos ha vuelto a llenar todo el jardín de hadas.
Noelle me miró atónita. Seguramente pensó que, una vez más, intentaba tomarle el pelo.
―Oye, Noelle, que no es broma. ¿Tú no has sufrido nunca una plaga de hadas?
―Por supuesto que no.
―Pues qué suerte tienes.
Cerré la verja del jardín con sumo cuidado para que las hadas de nuestra vecina, la señora Bondic, no se colaran en nuestra casa. Las de la señora Bondic son particularmente ruidosas, quizá porque inhalan el aroma a fiesta que desprende cualquier hogar con habitantes de la ribera del Danubio, como la señora Bondic que vino desde Belgrado huyendo de la guerra y que toca el acordeón como nadie. El verano pasado consiguieron colarse porque alguien (mejor no saber quién) se dejó la verja abierta, lo que todo el mundo sabe que para un hada no es sino una invitación al jolgorio. Apenas pude dormir aquella noche del lio que organizaron. No quiero ni acordarme.

Le cuento todo esto a Noelle mientras bajamos la empinada cuesta. Ella me escucha, absolutamente perpleja. Un sol tímido se abre paso entre los nubarrones que huyen en dirección Oeste.
―Las hadas salen en primavera, con el primer rayo de sol. Salen como los caracoles, tras la lluvia, y se tumban desnudas en los pétalos de las flores para que la luz y el calor les disuelvan la frialdad y la pereza del invierno. Por eso las flores relucen, fíjate ahí.
Le señalo un macizo de pensamientos recién plantados. En primavera, los vecinos de la calle York corren a los invernaderos y compran compulsivamente flores de temporada de todos los tipos y todos los colores. En la calle York podría decirse que existe un concurso tácito sobre cuál es el jardín más original, el que despierta más ¡oh! entre los caminantes que suben desde Stockes Croft hasta lo alto de la colina. En abril del año pasado, los estudiantes del nº 10 llenaron todo el jardincillo delantero de sombreros y paraguas que colgaban de cada recoveco. Gustó mucho el jardín del nº 10. Yo soltaba un ¡oh! bien alto cada vez que pasaba, por si había alguien haciendo el recuento.

Me pregunta Noelle por la plaga de hadas, que cómo darse cuenta, qué efectos tiene y si hay algún remedio para librarse de ella.
―Verlas es bien sencillo― contesto― sólo tienes que abrir los ojos, la nariz y los poros de la piel cuando pases delante de los jardines delanteros de la calle York. En otros lugares no sabría decirte. En la calle York es casi imposible que pasen desapercibidas.

Llegamos a la tienda de la esquina y le pregunto al Sr. Singh por los tomates.
― Me temo que no va a ser podible querida niña― me dice―Se han llevado todos los que he traído al ver que se avecinaba otra plaga de hadas.
― ¡Y yo que había pensado hacer gazpacho!
Le comento a Noelle que si de verdad queremos tomates lo más inteligente es salir del barrio, a un lugar libre de plagas. Caminamos hacia el centro aprovechando el mejor sol de la tarde, el que asoma después de llover.
― Notarás al principio cierta agitación en la punta de los dedos. Si el hormigueo se concentra en los dedos de los pies, sólo puedes aliviarte bailando, bailando sin parar. Ocurre porque las hadas están ensayando alguna polka o algún vals. Si ni así se te quita, debes salir a la calle y enganchar al primer vecino que veas tirando la basura en el contenedor. Bailáis algo juntos, lo que sea y se acaba el problema. Después suelen venir las ganas de comer chocolate con almendras y de hablar por teléfono con alguien que esté lejos, preferiblemente alguien que te quiera mucho. Yo llamo a mi madre, que enseguida comprende lo que ocurre, puesto que ella conoce bien a las hadas…¡si yo te contara! Más tarde empezarás a dormir raro, a horas intempestivas, por ejemplo justo después de desayunar. Es molesto si te pilla trabajando pero aquí, en Bristol, todo el mundo ha sufrido alguna plaga de hadas, sobre todo si han vivido en las cercanías de la calle York. Lo mejor de todo son los sueños. Sí, sí. Se sueña mucho cuando hay plaga de hadas porque suelen adentrarse en las alcobas y espolvorear especias en la mente dormida. Eso sí: cuando te levantas lo recuerdas todo y lo puedes revivir cada vez que quieras. Algunos aprovechan y pintan las imágenes de los sueños en los muros de las casas y en las tapias de los descampados. Como Banksy. Otros componen bellas baladas o crean números circenses…Terminas agotada, Noelle, y más si se te cuelan las hadas de los vecinos en tu jardín y festejan.

Hemos llegado al Marks y Spencer. Veo a la señora Bondic comprando tomates, a Dan y a Fiona. Jose se acaba de ir hacia el rio, porque al parecer, se han visto hadas de agua entre los barcos del muelle.
En el camino de vuelta a casa bien cargadas de rojos tomates, justo en la puerta del Tali que hace el mejor curry del barrio, a Noelle le invade una melancolía extrema y no puede evitar echarse a llorar desconsolada.
―Son ellas, cielo, no te preocupes. Como no te conocen…
Nos encontramos la puerta de la verja abierta.
―Qué hacemos ahora? ―pregunta Noelle, hipando― Verás qué noche nos van a dar…
―Nada, tranquila. Vamos a hacer gazpacho y a dejarles un cuenco para que jueguen a sus ballets de agua. Así estarán entretenidas. Pero un poco más tarde…
Porque yo, ahora, necesito escuchar la voz de mi madre. Antes de que me ponga a llorar.





miércoles, 7 de marzo de 2012

HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS 4: NOS REIMOS...







HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS 4

NOS REÍMOS PORQUE NO TENEMOS CONOCIMIENTO.
              
               Cuando la puerta giratoria me devolvió a la calle,  me sentía como las mujeres africanas de los documentales que caminan por sendas polvorientas, casi sepultadas bajo el fardo enorme que portan en sus cabezas, solo que sin su elegancia ni su dignidad.  Yo cargaba en el fardo las ilusiones de mi juventud en cruel revoltijo con los  cinco años de estudios nocturnos en la facultad, las mañanas cuidando críos o sirviendo desayunos y los veranos limpiando habitaciones en los hoteles más cutres de Londres. El tiempo volvía atrás en un absurdo bucle en mitad del ridículo vodevil en el que se había convertido mi vida. Volvía a limpiar habitaciones. Era la única oferta de trabajo que me había llegado en el último mes. No me quedaba otra que aceptarla si quería conservar, al menos, el tremendo lujo de comer sin tener que pedir prestado.
            Tenía que haber desconfiado del destino cuando vi que la chica que me atendía en la ETT soportaba un notable parecido con Mary Corleone, melenaza y piños incluidos.
            ― La verdad es que tienes un currículo extraordinario― me dijo― De hecho hace unos años me hubiera asombrado de que con tu capacitación te hubieras interesado por nuestra oferta. Ahora, claro está, no me extraña. No sabes la cantidad de universitarios que se pasan por aquí.
            ― Bueno, hace unos años yo tampoco hubiera creído que tendría que vivir este momento.
            Mary Corleone se encogió de hombros y volvió la vista hacia su ordenador.
            ― ¿Dices que sabes inglés?
            ― Sí, soy prácticamente bilingüe. También tengo un óptimo nivel en francés y me defiendo en italiano y alemán.
            ― Perdona, decías que el nivel en francés es…
            ― Óptimo― Sentí brotar el legado de mis antepasados maestros para  decirle que “óptimo” se escribía con “P” de pava y tilde en la “o” pero afortunadamente me contuve a tiempo― Yo creo que podría desempeñar un buen papel en una recepción, por ejemplo.
            Levantó la cabeza muy despacio, giró su silla hacia mí, dio un folklórico golpe de melena, me miró con desdén y, con el Mal descubriéndose en una mueca de triunfo que nadie podía llamar sonrisa, me contestó:
            ― ¡Oh, sí, seguramente! Pero en esta empresa la imagen es muy, pero que muy importante y, perdona la sinceridad, pero tú ya no tienes edad para llevar una recepción.
            En ese momento deseé que don Tomasino le abriera un boquete entre las tetas con la recortada según saliera por la puerta giratoria de las oficinas. Porque en la ópera no la se la iba a encontrar. Seguro.
            Al final la oferta en firme consistió en un contrato de “auxiliar de limpieza de habitaciones” en prácticas, por horas y salario mínimo ponderado. El requisito imprescindible era que la Seguridad Social corriera por mi cuenta dándome de alta a mí misma como autónoma.
            ― Por eso no hay problema, soy freelance
Astutamente callé que mi licencia era como “pipera”, la más barata, por aquello de no cargarme  el bofetón de glamour con el que me había vengado de la Corleone.
― Ya te llamo, si eso― se despidió, cambiándome lo que me quedaba de autoestima por un saco de humillación.
Eché a andar sin rumbo fijo. Me faltaba valor para abrir la puerta de mi –todavía- casa y ver mi cara, ya de una edad, en el espejo del recibidor. Tampoco quería llamar a Bea, a la que encontraba medio rara desde que volvió de Argentina, aun sabiendo que lo de su madre se había quedado en susto. Enrique y su novia viajaban por el Mediterráneo en un crucero, aprovechando la bajada de precios de los naufragios varios y en cuanto a Laura…
Laura me estaba llamando en ese momento.
―Charili, guapa, ¿qué tal la entrevista? ¿bien? Seguro que sí. ¿Qué haces? , ¿dónde estás?, ¿te ha llamado Bea?, ¿te ha contado?  Oye, que quedamos para comer. ¡Que sí, tía, no seas muermo! ¿dónde va a ser? ¿Pero si estás al lado! ¡Nos vemos en la puerta en media hora! ¡beso!
A la pregunta “¿Dónde va a ser?” la respuesta es “donde los Hare Krishna” .Lo sabemos nosotras y medio Madrid en crisis. Son la alternativa vegetariana y budista a los comedores de caridad de las monjitas de la calle Segovia. Ahora sólo cobran la “voluntad” por lo que las colas que se forman para entrar llegan casi al metro de Tribunal. Además, de las palabras de Laura se desprendía que la Bea nos tenía algo que comunicar. En ese momento, además del peso del fracaso, tuve que soportar una niebla negra taponándome  la boca del estómago. Una vieja conocida llamada “miedo”.
Como sospechaba, la fila para entrar al comedor de los Hare Krishna ocupaba la longitud de la calle del Espíritu Santo. Me coloqué detrás de una familia con pinta de vivir en un adosado de las afueras y, mientras le advertía a los de atrás que íbamos a ser tres personas, recibí llamada de Mary Corleone:
― Hola, Rosario, te llamo de la ETT. Mira que lo siento, pero es que con la nueva reforma laboral…resulta que tu perfil no nos resulta interesante. Ya sabes, la edad. Porque estás en una edad muy mala, sin desgravaciones ni incentivos fiscales para la empresa…¿Cómo dices?...No, no he visto “El Padrino 3” ni sé cómo acaba…Bueno, ya te llamamos si eso…adiós.
Fue colgar y sentir que el dichoso fardo que portaba encima de mi cabeza se desinflaba como un gigantesco globo relleno de nada. Me dieron ganas de abrazar al hare krishna que me entregaba un panfletillo.  Tan calvito, tan sonriente, tan mono…
― Por si después de comer quieres asistir a este acto, hermana. Es gratis también.
El papel invitaba a una conferencia titulada “La vida: olvido, triunfo, y derrota” y la impartía el Hermano en Krishna  D.Nihalatputra. También invitaban a té especiado y a dulces y fue esa última parte la que me resultó más apetecible. Después y echándole la culpa al karma de mis ancestros maestros, les advertiría que no conviene poner coma delante de conjunción copulativa.
Bea y Laura llegaron juntas y a tiempo de entrar al comedor, coger la bandeja, sitio en una colchoneta y un cuenco de arroz integral.
― No hay mejor sitio en Madrid para hincharse de arroz integral.
Conté a mis amigas el devenir matutino de la mi triste existencia, incluido el pesado fardo, el golpe de melena de Mary Corleone y la invocación a Don Tomasino. Ellas se partieron de risa.
―Che, linda, escuchame. Ese trabajo no era para vos, no jodas, no nos  faltaba nada más que  volver a las mierdas de la juventud y encima tal y como estamos ahora, llenas de arrugas y con las carnes colganderas. Que no, linda, que si no olvidamos el pasado estamos condenados a revivirlo y no es tu caso. Algo te espera, que lo veo venir, Charito.
― El recibo de teléfono.
― ¿Y tú, Bea, qué nos tienes que contar?― Laura hizo La Pregunta y a mí se me volvió a colocar la niebla negra en la boca del estómago, impidiendo el paso al arroz integral.
― Regreso a Argentina, chicas.
El teléfono empezó a sonar insistentemente, sin darme tiempo a reaccionar ante la noticia que, sin saberlo, estaba esperando escuchar. Salí a la calle agarrándome al cacharro como el naufrago que se aferra a un palo roto para no ahogarse.
Cuando volví, las chicas tomaban el té especiado. Mi cara debía decirlo todo, porque las dos corrieron hacia mí.
― ¿Pero qué te pasa ahora?
― Me han ofrecido trabajo.
― ¿De qué?
― De troll en Internet.
            Nos echamos a reír como locas, sin poder parar. El resto del comedor nos miraba y algunos no podían evitar acompañarnos en el sentimiento. Nos reíamos de la situación, de nuestras sombras, de nuestras luces, de nuestro destino, de nuestras derrotas, de nuestras encrucijadas. Nos reíamos, sobre todo, de nosotras mismas.
            ―Como dice mi madre― la sabia madre de Laura siempre tenía algo que decir― Nos reímos porque no tenemos conocimiento.
            Tener a aquellas dos mujeres como amigas era, sin duda, el mayor éxito de mi vida.   
           
LOS TRUCOS DE BEA PARA LOS TIEMPOS DE CRISIS
¿Te aburre tu ropa?, ¿la ves pasada de moda?, ¿no te da ni para variar el armario en Vittorio y Los Chinos?
¡No te preocupes! Ahora la ropa anticuada lleva por nombre VINTAGE y es lo más cool y lo más trendy. Como tú, amiga. No tienes más que sacar la ropa de cuando tu madre era joven ( o la tuya de cuando ibas a la facultad), pasarla por Norit, plancharla con cuidadito y aderezarla con accesorios como tú sabes hacer.
¡Se acabó ser distribuidora Avon, o Tupperware! Organiza reuniones de intercambio de ropa vintage con tus amistades más glamourosas y prepárate para crear tendencia.
O para salir en los ¡Argghhhhhhh! De la revista Cuore.