Una, dola,
tela, catola…
Nacieron el mismo día, a la misma hora, en la misma
ciudad. Posiblemente uno cruzó un paso de peatones mientras el otro esperaba
dentro de su coche a que la luz del semáforo se volviera verde. Posiblemente se
miraron y seguramente no se vieron.
Se encontraron la noche en la que ambos cumplían
treinta años, en una gasolinera de las afueras. Uno de ellos sacó la pistola,
otro disparó primero. Los dos murieron al instante.
(Justicia y
ladrón)
Pan y tomate
para que no te escapes…
El tomate tenía un ligero aroma a comino y el magro
se deshacía en la boca de puro tierno.
―Moje pan si quiere, don Alfonso, no se prive…
―Está increíble, doña Rosita. Me recuerda al que
hacía mi abuela.
―Pues sepa usted que ha sido cosa de la niña, que
tiene una mano para la cocina…
La niña se ruborizó ligeramente. Portaba con gracia
la bandeja de los cafés. Al pasar a su lado, su pecho le rozó levemente el
brazo y él se encendió.
Amparo su novia, no sabía cocinar. Tampoco quería
aprender, ni tenía tiempo para ello. Estaba claro que él no era su prioridad,
quizá por eso había preferido quedarse en Madrid, en ese periodicucho de
mierda, en lugar de acompañarlo en su primer destino de notario.
Se estaba tan solo en ese pueblo…
Aquella noche fue la primera en la que la niña de la
pensión se coló furtivamente en su cama.
Apenas se le notaba la tripa cuando se casaron, un
año más tarde. Ella, de blanco, él con un fantasma llamado Amparo viviendo
dentro de todos sus espejos.
(para que
te quedes conmigo)
Pito, pito,
gorgorito…
Doña Anunciaçao Ferreira, dueña de la principal
factoría láctea de la comarca de Loura, se guardó la carta del Concello en el
bolsillo del chaquetón y enfiló hacia la nave central.
Joao o Pedro. Uno de los dos.
Doña Anunciaçao había resistido con la firmeza de un
junco todos los envites de la vida. Jamás había consentido en cerrar la
lechería. Ni un día. Ni siquiera cuando murió el marido, ni siquiera cuando le
operaron del tumor.
Tampoco podía cerrar ahora, por mucho que el
Concello cancelara la subvención.
―Son órdenes de Bruselas, doña.
Los políticos, como siempre, escurriendo el bulto.
Ahora se veía obligada a despedir a, al menos, tres
empleados. Con dos había dudado poco: a la sobrina del señor párroco se le
habían acabado los favores y de Rodrigo también podía prescindir, al fin y al
cabo las cuentas y los papeles siempre los había llevado ella, desde que
terminó Comercio, después de la guerra.
Entre Pedro y Joao no era tan sencillo. Llevaban con
ella toda la vida, desde mocitos. Conocían cada uno de los árboles genealógicos
de las vacas. Ambos eran leales, diligentes, honrados…ambos habían pasado de
los cincuenta, ambos tenían familia, hijos estudiando o en el paro…
Doña Anunciaçao abrió el portón de la nave y les vio
trabajando alrededor de la vaca Manola, la número 25.
¡Maldita troika!
(Esconde la
mano que viene la vieja)
Qué fusión más bonita y más original, mari, la presencia del azar en la vida y las canciones de nuestra infancia. Me encanta.
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