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Papeles de Nunca Jamás por Esther Requena se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-LicenciarIgual 3.0 Unported.

miércoles, 8 de junio de 2011

MARIQUILLA Y EL SOMBRERO MÁGICO

Érase que se era una niña muy flaquita y pizpireta a la que todos en la comarca conocían por Mariquilla Arrebañatazas,  ya que era tan pobre, tan pobre y pasaba tanta hambre, tanta hambre  que, cuando iba a servir a la Casa Grande, no podía evitar beberse los restos de chocolate que quedaban en las tazas de los invitados a merendar.
            Mariquilla vivía en una choza de adobe en la ribera del río. Cuidaba de su abuela enferma con gran cariño y trabajaba duro para poder llevarle alimento. Lo mismo remendaba la ropa de los vecinos que llevaba la leche de las granjas al tren o limpiaba las cochiqueras de cualquiera que se lo pidiera. Ella era feliz cuando podía regresar a su humilde hogar con un pedazo de pan para su abuela, o una fruta y mucho más si los centimillos que había recaudado le permitían comprar en la botica cataplasmas o brebajes que aliviaran los dolores de su abuela.
            Pero lo que a Mariquilla le entusiasmaba era acercarse a la mimbrera, recoger los mejores tallos y trenzar con ellos cestillos que luego vendía por cuatro perras en el mercado del pueblo. Los cestos de Mariquilla tenían fama en la región por su resistencia y por la belleza de su urdimbre. Decían que no los había mejores para cobijar los huevos de las gallinas o para conservar las cebollas de la huerta. El caso es que nuestra buena niña solía volver feliz de la plaza del mercado, contenta por los elogios que recibía su trabajo y por las moneditas que, a veces, incluso le permitían comprar leche para su abuela.
            Una tarde de aquellas en las que regresaba a casa después de vender sus cestos, encontró sentada a la vera del camino a una mujer tan anciana o más que su abuela, vestida con harapos y con el rostro lleno de tristeza.
Niña queridale dijo la mujer¿podrías socorrer a una hambrienta viejecita?
Claro que sí, buena mujer. Apóyese en mí que la llevaré a mi casa y le prepararé unas sopitas de ajo para cenar.
Así lo haría sin duda. Pero mis piernas están tan cansadas que no me permiten caminar.
Pierda usted cuidado, pues aunque delgadina me vea, fuerte soy. Yo la cargaré en mi espalda hasta allí.
Te lo agradezco, hijita, pero mis viejos huesos no soportan el relente de la noche que se avecina…
― Yo le arroparé con mi manto. Está raído pero aún abriga.
Y diciendo estas palabras, Mariquilla Arrebañatazas puso sobre los hombros de la viejecita su capa, la cargó sobre su espalda y, con mucha dificultad ambas consiguieron llegar hasta la choza donde la abuela estaba esperando a su nieta.
Pero, al bajarla, héte aquí que la buena viejecita empezó a resplandecer y se convirtió en la dama más hermosa que los ojos de la niña habían contemplado.
― Mariquilla, no soy sino una enviada que quiere agradecer tus desvelos y tu bondad para con los necesitados. Pues has de saber que nuestros ojos ven  cómo, tantas veces, te quitas el bocado para dárselo a otros, cómo te matas a trabajar, cómo cuidas a tu abuela…y cómo te contentas con las sobras del chocolate de las señoritas. Por eso, Mariquilla, te digo que esta noche, cuando la luna esté en lo más alto, debes recoger en la mimbrera los tallos más tiernos y tejer con ellos un sombrero. Con él irás siempre ataviada y sólo de ti dependerá el uso que hagas de él.
Y con estas palabras, la dama se evaporó en el aire dejando tras ella el arco iris más luminoso que existir pudiera.
No tardó la niña en seguir las indicaciones que le habían sido dadas y, cuando llegó a la mimbrera, escuchó un cantar que parecía venir de lo más profundo y que decía:
“En la cabeza un sombrero/para el saber verdadero”
Aquella noche Mariquilla tejió sin parar, hasta que los dedos le sangraron, y, a la mañana siguiente salió a servir a la Casa Grande luciendo un bonito sombrero en su cabeza.
Lavó la loza, la secó, fregó los suelos, limpió los corrales y quitó todas las malas yerbas del jardín delantero. Después se lavó bien lavadita, se puso unos guantes y se dispuso a servir la merienda de las señoritas de la casa y sus amistades.
Cuando aquellas damiselas y sus caballeros la vieron aparecer, tan delgadina y tocada con ese sombrerito, no os podéis imaginar las burlas y chanzas que le dedicaron:
― ¿Esta harapienta es la que dices que se rebaña nuestras sobras?
―¡Pero habéis visto que gorrito tan ridículo!
Mariquilla aguantó dignamente y, cuando hubo terminado su labor se retiró de la sala con los ojos anegados por las lágrimas.
Al poco rato se escuchó una trapatiesta terrible en el salón. Acudieron los señores y el servicio y pudieron ver cómo la señorita más pequeña lloraba y pataleaba pues le había desaparecido un dije de oro y brillantes al que tenía gran aprecio. Todos acompañaban el griterío, mientras ponían patas arriba los muebles y los cajones para dar con la joya. En esto que, un pisaverde de aquellos, hijo de un noble caído en desgracia, señaló a Mariquilla y espetó:
―¡Ha sido ella, sin duda!, ¡esa zarrapastrosa! ¡Yo he visto cómo escondía el broche debajo del sombrero!
Por más que Mariquilla defendió su inocencia, todos estuvieron de acuerdo en acusarla, por lo que, en ese momento, llamaron al Sr. Juez para que la encerrara en el calabozo.
El Señor Juez conocía la buena fama de la niña, pero tenía que dar gusto a los señores de la Casa Grande y sus invitados, así que ordenó a Mariquilla que se quitara el sombrero. Pero por más que lo intentaron, ni ella ni nadie fueron capaces de sacarlo de su cabeza.
De repente, sin saber ni cómo ni porqué, el sombrerito se elevó por sí mismo con mucha suavidad y, cuando estuvo en lo alto, cantó el son que la niña había escuchado en la mimbrera:
“En la cabeza un sombrero/para el saber verdadero”
Después planeó sobre la habitación, como si escudriñara desde arriba a los allí presentes y se posó sobre el lechuguino que había acusado a Mariquilla.
El Señor Juez le revisó los ropajes y, en el bolsillo del chaleco, encontró el dije de oro y brillantes robado.
Todos comprendieron lo injusto de su comportamiento y por ello pidieron mil perdones. Entonces el sombrero volvió por sí mismo al lugar que le correspondía y nuestra Mariquilla, por primera vez, pudo degustar, entero, un gran pocillo de chocolate para ella sóla.
Aquella vez fue la primera que el sombrero actuó desvelando la verdad verdadera por más oculta que se hallara. Hubo otras, muchas más, en las fue precisa la intervención de Mariquilla y su sombrero y muchas también las aventuras que corrieron y por las que les fue reconocida una merecida fama.
Sólo puedo deciros que ella continuó tan feliz y afanosa como siempre y que lo único que se le subió a la cabeza fue…
¡el sombrero!
(Y colorín, colorete, por la chimenea se escapó un cohete.)


jueves, 2 de junio de 2011

OROGRAFÍA DE MONTES Y VALLES (EN LA PIEL DE UNA MUJER ABANDONADA)

Pablo:
Por primera vez desde que te fuiste, hoy no he llorado al despertarme. He permanecido unos instantes más en la cama para disfrutar, con todas las ventanas de mi conciencia abiertas, de esa desconocida sensación de placidez. Todo un éxito, Pablo. Va a ser cierto que el tiempo todo lo cura.
Después he repetido la rutina de todos los días, ya sabes: encender la radio, prepararme el zumo y el café y desayunar despacio, fumándome el primer pitillo. Hoy ha sido la primera vez, desde que te fuiste, que el cigarro me ha sabido a humo y no a consuelo. Por eso he decidido dejar de fumar.
Me he duchado despacio, asombrada de que todavía, a esas horas, esa sierpe que me dejaste dentro al irte no hubiera empezado a estrangularme el ánimo. Así que, Pablo, mientras me secaba me he entretenido en mirar mi cuerpo desnudo en el espejo y ha ocurrido algo milagroso. Todavía no me lo creo.
¿Recuerdas cuando triscábamos por las piedras, hacia arriba siempre, hacia el Pico, para sentarnos en lo más alto y recorrer con la mirada el paisaje? Pasaban las horas mientras descubríamos oteros y colinas. No nos preocupaba que el tiempo se escurriera imparable  si descubríamos una vaguada al este o mientras soñábamos con construirnos una cabaña en la vega, al lado de la garganta…Éramos muy jóvenes y nos creíamos tan poderosos como los dioses en los que no creíamos.
Hoy he recorrido mi cuerpo con esa misma mirada. Quizá la he recuperado porque, por fin, se había levantado la niebla que me dejaste en los ojos cuando te fuiste y todo lucía diáfano, como entonces. Y he visto en mi frente tres lomas, paralelas. Una vez leí que son los pliegues que se originan por la tensión mental que exige la concentración. Es lógico que me hayan salido. Acuérdate cómo te maravillaba mi facilidad para estudiar. “No me lo explico”, solías decirme, “Llegas del trabajo, vas a la academia, y te sacas la carrera y las oposiciones”. No, Pablo. Yo pagaba el esfuerzo en horas de sueño y en tardes de cine y amigos. Pero entonces tú creías en tu música, tenías proyectos, y debías terminar los estudios, un reto tedioso que prolongabas año tras año. Alguien tenía que traer el dinero a casa y yo, tonta de mí, creía que admirabas mi tesón. Como en la fábula de la cigarra y la hormiga pero sin final feliz.
Tengo una cañada entre las cejas. La han ido formando las preocupaciones, por erosión. La primera vez que me di cuenta que existía fue la mañana en que cumplí cuarenta y dos años, al maquillarme. Había pasado la noche en vela intentando apartar de mi mente las señales indudables de tu engaño. Tardaste cinco años en reconocerlo, Pablo. Cinco años de mentiras, de ardides, de burdas estratagemas más propias del personaje casposo de un vodevil trasnochado que del triunfador en el que te habías convertido. Cinco años, Pablo, haciéndome creer, a mí y a todos, que me había convertido en una paranoica. Cinco años pisoteando mi dignidad…
Del vértice exterior de mis ojos surgen unas finísimas estelas, como los surcos que marca el arado en una pequeña huerta. Patas de gallo, les llaman. Son mis arrugas preferidas, porque dan fe de que,  como pudo decir el poeta, “Confieso que me he reído”. Algún día, cuando quizá podamos volver a hablarnos, te pediré que tú también confieses que te has reído conmigo, Pablo, que fuimos una pareja alegre, cómplice de una visión de la vida irreverente y traviesa. Que es difícil que encontremos alguien que pueda compartir sin sentir pudor ese toque de adolescente gamberro que convertía en motivo de guasa cualquier farsa solemne, pedante o trascendental. Echo de menos reírme. Mucho. Hasta ahora mismo. Acabo de lograr sonreír cuando me han sonado las alarmas sobre lo afectada y pretenciosa que suena la frase “te llevaste mi risa cuando te fuiste”, que era, precisamente, en la que estaba pensando.
La tristeza ha enmarcado mi boca. Las mejillas se han deslizado levemente, como los glaciares que bajan imperceptibles desde lo alto. Los ojos también se han escondido, temerosos, en dos cuevas…Mi rostro es el de una desconocida. Hoy, que me he asomado al espejo, he comprobado que vivo encerrada en un cuerpo que envejece. Que mi carne no es firme, que se pliega en colinas y valles que se dibujan en mi vientre, que mis pechos caen, que en mis piernas aparecen arroyos azules…
Pero, ¿sabes, Pablo? Me gusta la mujer del otro lado del espejo. Una mujer que ha pensado, que ha reído, que ha llevado un hijo en sus entrañas, que le ha amamantado. Que ha subido montes, que ha vadeado arroyos…
Que ha amado, Pablo.
Que nunca va a dejar que leas esta carta y que no va a esperar que vuelvas, vencido y avejentado, a llamar a la puerta de la casa.
Empiezo.

domingo, 29 de mayo de 2011

016

 

016

Podía escuchar su desesperación al otro lado del teléfono.

Le dije que respirara hondo, que mi misión era ayudarla, que me creyera.

Gimió, con un lamento apenas audible, como el último sollozo de un pájaro moribundo.

―Dime cómo te llamas, venga, confía en mí.

Reconocí el silencio.  Me habían enseñado cómo abrir un resquicio en el silencio; eran técnicas que en muchas, en demasiadas ocasiones, habían fracasado. Tenía que conseguir que me dijera su nombre. Como fuera. Era la única esperanza para vencer el terror. El nombre hacía que la persona emergiera, que respirase por debajo de la losa del silencio, la que sepultaba el valor.

―Rosa.

―Vale, Rosa, yo soy Inés. Vamos a hablar, ¿de acuerdo?

―Está subiendo la escalera.

Comenzó a llorar, suavemente. Podía sentir cómo las lágrimas se vertían incontrolables y mudas por su rostro. No era mal síntoma aparentemente. No era un llanto histérico, de los que aplastan la razón. Pero tampoco era alivio…La imaginé sentada en un rincón, con el teléfono en la mano, paralizada.

―¿Tiene llaves de casa?

―No. Cambié la cerradura―consiguió articular.

Su voz sonaba joven, muy joven.

―¿Estás sola en casa, Rosa?, ¿hay niños, ancianos…?

―No. Estoy sola…Inés…él…está aquí. Ha llegado. Está al otro lado de la puerta.

Escuché el timbre, claramente. Y la voz del hombre tan cerca como si yo estuviera al lado de Rosa:

―Rosa, vida mía…ábreme, amor. Sólo quiero que hablemos y que me perdones…

Ella callaba. Sólo aquel gemido de pájaro.

―No lo hagas, Rosa― le supliqué― No le creas. Volverá a hacerte daño. Rosa, ¿me estás oyendo?

―Sí.

―No le escuches. No te quedes ahí. Corta la luz, que no suene el timbre. Vete a la habitación más alejada y enciérrate.

El timbre sonaba insistentemente, intentando imponer  el ruido sobre cualquier germen de pensamiento. Sólo callaba para dejar paso a la voz del hombre:

―Por lo que más quieras, Rosa, déjame entrar. Te necesito, no puedo vivir sin ti. Te juro que nunca más, Rosa. Nunca más. No sé qué me pudo ocurrir, vida mía. Ábreme, por Dios. Hablemos…Mira, te he comprado unas flores… Estoy desesperado, amor mío. No sé qué hacer para que volvamos. Iré a terapia. Haré cualquier cosa que me pidas. Rosa, ábreme la puerta

Silencio de nuevo. Reconocí la amenaza del silencio:  significaba que el chantaje iba ganando terreno. Pude imaginármela abriendo la mirilla, contemplando el rostro lloroso del hombre arrepentido y sintiendo un nudo de compasión en la boca del estómago.

―Escúchame, Rosa. Es mentira, no le creas. Si le abres la puerta has perdido. Lo veo todos los días, Rosa. ¿Me estás oyendo?

―Inés…me da mucha pena. No es mal hombre, de verdad…Además, estoy embarazada y él aún no lo sabe. Quizá, cuando nazca el niño todo cambie…

―¡No, no, no! No pienses en eso ahora. Se trata de ponerte a salvo. Haz lo que te digo, Rosa: enciérrate y no le escuches. Rosa, le estoy oyendo. Ahora está aporreando la puerta. Se está poniendo muy violento. Si le abres te va a hacer daño. Mira, Rosa, vamos a hacer una cosa: tú sal de ahí y yo voy a llamar al 112, ¿de acuerdo? Tengo localizado dónde estás, en seguida vendrán y se lo llevaran para que no te agreda. Luego ya tomarás decisiones…

Activé el 112 y di la dirección desde donde Rosa nos llamaba. Se trataba de un lugar accesible en una gran ciudad. Desafortunadamente, por mucha celeridad que emplearan los servicios de emergencia, a veces el localizador fallaba o el sitio era tan recóndito que no se conseguía llegar a tiempo. Ojalá no fuera el caso. Ojalá pudiéramos salvar a Rosa.

―Ya van, Rosa. Me han dicho que llegarán en pocos minutos. Oye, Rosa, háblame de tu hijo. ¿De cuánto estás?, ¿sabes si es niño o niña?...

Ella lloraba.

―No quiero que le pase nada, Inés. Yo sé que él me quiere, que si se pone en tratamiento todo cambiará... Me da mucha pena. Y yo quiero que mi hijo tenga un padre…

―¿Sigue ahí?

―Sí. Está destrozado. Yo creo que ahora no tiene fuerzas para hacerme nada…

―¡No abras la puerta, no lo hagas!

― No puedo verlo así, Inés…no puedo.

Escuché cómo, durante un eterno instante, el cerrojo se arrastraba abriéndose por dentro de la cerradura. Escuché el chirrido agónico de la puerta y después un golpe seco y un alarido:

―¡Hija de puta!

Grité su nombre con todas mis fuerzas, con toda mi desesperación , con todo mi fracaso. Pero al otro lado del teléfono sólo me respondió el horror.

Y, a lo lejos, acercándose, la sirena de un coche de policía y unos pasos firmes subiendo las escaleras.

Habíamos llegado a tiempo.

domingo, 15 de mayo de 2011

LA NIÑA DEL DESVÁN

 

 

“Lo que más me aterrorizaba de la guerra eran los bombardeos. Aunque me tapara los oídos no dejaba de escuchar el ruido de los aviones, el silbido de las bombas al caer, el estallido…Después, cuando todo terminaba, subía corriendo al desván, casi desesperadamente. Para mi corazón de niña el sótano donde nos refugiábamos cuando sonaba la sirena era el infierno. El desván, con su ventana abierta a la sierra, era el cielo. Yo ascendía del infierno al cielo y en cada peldaño iba sepultando el horror de la batalla.”           

 

Había una vez una niña que no era ni muy grande ni muy pequeña; ni muy guapa ni muy fea; ni muy buena ni muy mala.

La niña vivía con su familia en una casa enorme que tenía un sótano y un desván. El desván tenía una ventana que no podía cerrarse y que permitía ver cómo pasaban las nubes camino de la sierra. El sótano era tenebroso y olía a tumba.

A la niña le gustaba mucho subir al desván porque sabía que, en realidad, aquel lugar era un reino mágico en el que habitaban seres que únicamente ella podía ver.

Era su secreto.

 

            “Solía refugiarme en el desván de mi casa. Me gustaba estar sola para dejar volar mi fantasía sin que nadie me pidiera explicaciones ni me reprochara mi ensimismamiento. Y, sobre todo, leía. Leía cuentos de hadas, leía con la sed de un naufrago en el desierto, leía como si mi alma se fuera a morir de hambre. Después, en el desván, jugaba con los personajes de Andersen o de los Grimm…un rayo de sol que se filtrase por la ventana iluminando un invisible camino en el polvo no era sino el hada que me venía a visitar para indicarme cómo llegar a Nunca Jamás…”

           

            Los demás niños se burlaban a menudo de ella porque notaban que era diferente. No entendían que jugara sola, ni que pasara tanto tiempo dedicada a la lectura:

            ― Eres fea.

            ― Eres rara.

            ― Eres pequeña.

            ― Estás loca.

Pero sobre todo se reían cuando la pobre niña tartamudeaba. Y es que su mente pensaba tan deprisa y tantas cosas al mismo tiempo, que las palabras, que fluían como un riachuelo dentro de ella, al llegar a la boca se amontonaban y querían salir todas a la vez.

            ― No puedo evitarlo, Paulina. ―le decía a su amiga invisible.

            Una tarde en la que la niña se sentía realmente triste, llegó al desván un saltamontes verde con los ojos de oro. Entró por la ventana abierta, se plantó ante ella, le hizo una profunda reverencia y le habló de esta manera:

            ― Soy un mensajero de Ellos, supongo que ya me habrás reconocido.

            La niña asintió: ¡Claro que le había reconocido! Todo el mundo sabe que los saltamontes verdes con los ojos de oro en realidad son enviados que van y vienen de un mundo al otro.

            ― Ellos quieren que te digan que aunque ahora sufras y más adelante sigas sufriendo, porque has de saber que no te espera una vida fácil, eres poseedora de un don maravilloso del que muy pocas personas gozan. Tú, mi querida niña, aunque crezcas, aunque el tiempo pase en ti igual que pasa en cualquier mortal, siempre conservarás la mirada que tienes ahora, la que es capaz de ver los prodigios, la que ve lo que hay de único y maravilloso alrededor de cada ser, cada cosa y cada acontecimiento. Y además serás capaz de contarlo a los demás para que quien te escuche lo vea también. Conservarás siempre la mirada de niña. Y además ―añadió― un libro te salvará la vida.

 

            “Más adelante me di cuenta de que podía expresarme por escrito con mayor facilidad que hablando y que, en el papel, las palabras no se atragantaban ni se atoraban, ni nadie se reía de mí por ello. Empecé a escribir pequeños cuentos y piezas de teatro que yo misma representaba, y que en realidad eran malas copias de mis lecturas. De aquellas tardes eternas en el desván de mi casa han nacido muchas historias a las que más adelante di forma de cuento, cuando mi pequeño hijo empezó a sentir la misma sed de palabras que tenía yo a su edad: “Paulina”, “El saltamontes verde”, “El polizón del Ulises” son relatos escritos para él, pero ya vividos por mí en el corazón de aquel desván.

            ― ¿Tienes hijos?― me preguntó la escritora.

            ― Sí, dos, muy pequeños― le contesté.

            ― Nunca dejes que te separen de ellos.

            Entonces ― prosiguió, con su mirada de niña velada por el dolor― las leyes españolas eran inflexibles para la mujer que osaba romper su matrimonio. Mi marido obtuvo la custodia de mi hijo y, durante años, me impidió que lo viera. Fue lo más terrible que he pasado en mi vida, peor que la enfermedad, peor que la guerra. Pero ocurrió el milagro y volví a enamorarme y, esta vez sí fui feliz. Por eso, cuando él murió, mi cansado corazón estalló en mil pedazos y me devoró una nube negra a la que ahora llaman depresión. Nunca pensé que podría salir viva de aquel pozo, hasta que, no me digas cómo, me convencieron para volver a escribir. Es el libro que acaba de editarse. Anda, escríbeme tu dirección en esta servilleta de papel y te lo mando a casa.”

Pasó el tiempo, la niña creció y se convirtió en una hermosa mujer de grandes ojos negros que todo lo miraban y todo lo veían. Muchas personas se acercaban a ella buscando consuelo y ella les contaba historias que confortaban su corazón. Tal y como había vaticinado el saltamontes verde, encontró mucho sufrimiento en su camino, así como momentos en los que se vio rodeada del amor de los demás, sobre todo de aquellos que agradecían sus palabras llenas de magia y poesía. Pero, un día, sin saber cómo, ella volvió a encontrarse sumida en algo aún más tenebroso que aquel sótano que olía a tumba y volvió a sentir en su alma el estruendo de las bombas cuando caían para matar…Entonces, cuando todo estaba perdido, llegó un libro que…

 

            Abrí el paquete emocionada al ver el remite. No podía creer que aquella gran escritora, a la que frecuentemente veía en la televisión tan atareada  impartiendo conferencias o en actos de promoción, se hubiera acordado de mí y de nuestra charla en aquel café…

            En la dedicatoria había escrito: “Tienes ante ti el libro que me salvó la vida”

            Y contemplé la portada de “Olvidado rey Gudú”.

            

 

lunes, 2 de mayo de 2011

LA ESENCIA DEL CARACOL


LA ESENCIA DEL CARACOL


Cuentan que un caracol, hastiado de la arrastrada vida que soportaba,fue en busca de El Creador para suplicar misericordia y cuando estuvo ante Él le dijo:
―Señor: Desde mi nacimiento he cumplido sin queja alguna con el  cruel destino que me fue impuesto. Soy baboso, cornudo y llevo la casa a cuestas. Aún siendo optimistas sé que terminaré mis días cocinado a la aragonesa, con su poquito jamón, o bien a la llauna. No hay una criatura en el reino animal que sufra en silencio tanto como sufro yo. Ruego clemencia divina para que mi alma encuentre otra naturaleza que me depare alegrías mayores que sacar los cuernos al sol.
Dios se apiadó de su humilde siervo y le contestó:
―Regocíjate, hijo mío, pues tu aflicción ha hallado gracia ante mis ojos. Y en verdad en verdad te digo que al postrarte ante Nos has errado tus pasos, pues Aquí no somos deterministas sino más bien partidarios de lo que viene siendo el Libre Albedrío. Prosigue tu búsqueda y encontrarás las respuestas en otras fuentes. En los canales de la TDT dispones de  consultorios de horóscopos, quiromancia y tarot, pero si tu cordura exige vías más científicas o filosóficas, tienes el Camino del Karma, hijo mío, que consuela una barbaridad. Así pues, bendito seas y que la Fuerza te acompañe.
Ante tal chorro de sabiduría  coligió el caracol  que se le estaba despachando, divinamente, eso sí y dirigió su lento penar hacia el Palacio de la Justicia Divina, que estaba según se entra en la Quinta Dimensión de la Naturaleza, a la derecha. Allí pidió audiencia ante el Maestro Anubis, pero se le comunicó que, tras rellenar el oportuno formulario, podría en todo caso ser recibido por cualquiera de los 42 Jueces de la Ley, el que estuviera de guardia.

― Pues permítanme que le diga que en Aquí, donde recibe El Creador no se andan con tanta burocracia.
― Ya, pero no me va a comparar usted lo que conlleva una buena reencarnación con el cachondeíto del Libre Albedrío…
― También es verdad.
En la sala de espera tomó la vez de una araña y no tardaron en trabar conversación:
― No me hable, no me hable que mire usted en lo que me veo por chula…una eternidad que llevo penando porque le eché un pulso a una diosa, no sé si le suena, una tal Palas Atenea. Resulta que yo, Aracné, era la más hábil tejedora de Lidia, y la Palas Atenea se enceló porque la gané en un concurso. Desde entonces aquí me tiene, llora que llora por los rincones, pendiente de los plumeros y los aspiradores que destruyen las sutiles telas que creo con mis patitas…
― ¿Y desde entonces está usted hecha un bicho?
― Me reencarné una vez en trabajadora ilegal en un taller textil clandestino de Bangladesh, pero fue mucho peor, créame…

Y en esas estaban cuando el caracol fue llamado a presencia del Juez. ―Señor ― le dijo― Desde mi nacimiento he cumplido sin queja alguna con el  cruel destino que me fue impuesto. Soy baboso, cornudo y llevo la casa a cuestas. Aun siendo optimistas sé que terminaré mis días cocinado a la aragonesa, con su poquito jamón, o bien a la llauna. No hay una criatura en el reino animal que sufra en silencio tanto como sufro yo. Ruego clemencia divina para que mi alma encuentre otra naturaleza que me depare alegrías mayores que sacar los cuernos al sol.

El juez prestó oídos al lamento del caracol y ordenó a sus Asistentes en lo Kármico que trajeran a su presencia la gnosis, la balanza que mide la Justicia divina.
―Ahora veremos qué pesa más: si tu dharma o tu karma, le explicó el Juez.
―Pero no habíamos quedado que el karma es lo del destino en lo universal o algo así?
―Bueno…es que somos partidarios de la economía léxica para compensar los rollos que nos meten las almas, que no sabes lo que tenemos que escuchar…
―O que tienen ustedes un poco de lío semántico, con todo el respeto que se lo digo…
El caracol contuvo su nerviosismo. Estaba a un segundo de que su cruel destino cambiara.
―Hermano― sentenció con solemnidad el Juez de guardia― Tu largo y tortuoso camino ha llegado a su fin. Las buenas acciones de tu alma, a lo largo de la existencia…
― El dharma.
―Eso es: el ejercicio de la bondad, también llamado la “iniciativa dharma”, inclina la balanza…
― la gnosis.
― La gnosis en tu favor. Por ello la Ley del Karma…
― Las malas acciones.
― No, no…eso sería con minúscula. La Ley toma se hace eco de tu ruego y te concede, desde ya mismo, lo que es la naturaleza humana.
― ¡Qué alegría que me dan
― Pero, hermano gasterópodo, no nos es permitido mudar tu esencia porque contravendría la Unidad de Destino Universal con la que fuiste inscrito en tu primer nacimiento. Hombre serás, sí, pero conservando tu auténtica naturaleza.
― Es decir…
― Deberás seguir siendo baboso y cornudo.
― Vaya por Dios.
― Y te seguirás arrastrando.
― Desde luego… ¡no somos nada!
― Y llevarás tu casa como una carga, sobre tus espaldas.
― Pues qué quiere que le diga… ¡todo alegrías!
― Así pues…hombre serás, ¡pero hombre hipotecado!
― Uff…¿podría ser peor?
― Pues sí: podrías ser seguidor del Atleti o del San Lorenzo de Almagro.

Tan cruel ilustración hizo comprender al caracol la inutilidad de nuevos lamentos, por lo que, baboso, cornudo y arrastrado, abandonó el Palacio de la Justicia Divina, cavilando una vez más sobre lo injusto del reparto de destinos y sin saber muy bien dónde interponer la oportuna reclamación.

― Y puestos a elegir, prefiero morir a la aragonesa, con su poquito jamón.



sábado, 23 de abril de 2011

EL CIELO SOBRE BERLÍN





EL CIELO SOBRE BERLÍN (RELATO EN CÍRCULOS CONCÉNTRICOS )

En la película, el ángel miraba la ciudad desde lo más alto de los edificios más altos, siempre al lado de las colosales efigies que coronan los tejados, como acompañándose en la melancolía. Bruno Ganz era uno de los ángeles que iban y venían para aliviar el dolor y la soledad de los seres humanos que sufrían, el ángel fieramente humano que se enamora de la trapecista que custodia y la acaricia y la arropa sin poder darse a conocer. La trapecista era frágil y rubia como la chica que aparece en la foto de uno de los paneles que circundan el Check Point Charlie. Aparece en el maletero de un coche, sorprendida por el flash de la cámara y por la policía americana que no puede hacer otra cosa que impedir su intento de fuga a la Alemania del oeste y fotografiarla. Check Point Charlie también tiene su ángel, uno pintado con trazos rojos y esquemáticos por Keith Haring sobre lo poco que queda del muro en el sector americano. No sé si el ángel que retrató Keith Haring ayudó a la chica frágil y rubia que se parecía a la trapecista a sobrellevar su vida fragmentada por el deseo de escapar al otro lado. Tampoco sé dónde estaba el ángel el día que la Gestapo detuvo a Lila Boltum, maestra. Veo su cara joven de frente, de perfil y con sombrero entre otras doscientas en otro panel, esta vez en la exposición permanente de la “Topografía de los horrores” que Berlín ha levantado en el lugar donde se erigía, soberbio e imponente, el cuartel general de Himmler. A Lila la rodean otros 199 retratos de detenidos. Todos ellos tienen cara de muertos. . Hombres y mujeres de todas las edades de frente, de perfil y con sombrero. Hombres y mujeres de todas las edades, de todas las profesiones, de toda condición social. Al lado de Lila, maestra, hay un hombre con gafas redondas, como las que llevaba John Lennon. Un escritor. Él sobrevivió, pero Lila no. Lila era maestra, como yo, y rubia y frágil como la trapecista de la película y como la chica que intenta cruzar al otro lado en el maletero de un coche. Unos metros más allá, muy cerca, hay un parking y una plaza entre edificios de viviendas vulgares. También hay un panel que simplemente informa de que en ese mismo lugar se situaba el búnker en el que murió Hitler. Bruno Ganz interpretó el papel de Hitler en “El hundimiento” con la misma grandeza con la que encarnó al ángel fieramente humano de Win Wenders. Se lo cuento a Lila cuando llegamos al memorial a las víctimas del holocausto. Ella me corresponde refiriéndome la indignación que ha sentido al leer que los nazis consideraban subhumanos a los rusos, como ella. “Bueno, yo soy ucraniana”. Y se pierde entre las losas del monumento persiguiendo a su primer amor, Jonny, para darle un beso. Mi Lila es rubia y de aspecto frágil, como una muñeca de porcelana, pero se adivina en ella un coraje y una determinación que, quién sabe, quizá fuera el mismo que llevó a la otra Lila (de frente, de perfil y con sombrero) a las celdas de la Gestapo.
Veo a mis veinticinco ángeles corretear, disfrutando de su juventud y me da por pensar en lo contentos que pueden estar los homenajeados por ver volcarse, allí mismo, la vida en estado puro.
El cielo sobre Berlín amenaza lluvia.