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miércoles, 2 de noviembre de 2011

HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS 2. CUENTA CONMIGO

HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS 2
CUENTA CONMIGO
           
            “Nunca he tenido mejores amigos que cuando tenía 12 años” dice el alter ego de Stephen King en la película “Cuenta conmigo”, una de mis favoritas. Me viene la frase a la cabeza porque también tres amigos y yo vamos caminando por una senda en busca de algo. Los chicos de la película querían ser los primeros en encontrar un cadáver. En nuestro caso buscamos níscalos. O boletus, o parasoles. Lo que sea. Algo.
            En mi caso, los amigos que tenía a los doce años, salvo Laura, a la que oigo charlotear por el móvil  detrás de mí, se han convertido en las fotos de unos desconocidos del Facebook que, eso sí, me recuerdan a alguien del pasado. A mis mejores amigos les he ido recolectando a lo largo de mi vida, con sumo cuidado, eligiéndolos sin saber que los elegía, como una cromañona seleccionando las mejores bayas de los arbustos del bosque.
            ¿Qué lleva a cuatro animales de asfalto, en una serena mañana de sábado, a hozar entre las hojas caídas del bosque, a saltar cercas, vadear arroyos, coronar oteros o rebuscar entre jarales y berrocales?
            En nuestro caso, más allá de disfrutar del carnaval de sensaciones al que nos arrastra el estallido del otoño, la que nos lleva y nos trae se llama Beatrice Amicarelli, la Bea, porteña del mismísimo barrio de Belgrano. Un vendaval de ideas; el entusiasmo hecho carne, la quintaesencia de la mujer emprendedora, ese mito, esa leyenda…
            Bea me había llamado el viernes al mediodía, justo cuando el fin de semana, sin un céntimo de euro, empezaba a cernir sobre mí su negra sombra.
            Decíme, linda… ¿tenés algún buen plan para el finde?
            Bea es adicta a una página web, porlapatilla.com, que informa de todo aquel evento que sale gratis. Esta vez la cosa prometía: en un pueblo de la sierra querían batir un nuevo record Guiness, a saber la mayor caldereta de la historia. Yo conocía aquel lugar. Era un paraíso entre pinos y castaños, una auténtica delicia en otoño. Se lo dije.
            ¿Vos tenés unas botas de goma y un cesto? Porque el año pasado, si recordás, me saqué una pasta cogiendo setas y vendiéndolas al frutero ese tan cool, el que provee a la Casa Real. Y, digo yo, podés decirle al Enrique que se venga y así nos lleva y nos trae con el carro. Y a la Lauris, pobrecilla…
Enrique es un genio. Y posiblemente uno de los tíos más extraños que haya pisado la Tierra. Enrique es pintor, de los que venden cuadros incluso en estos tiempos. Está forrado. Enrique pesa cerca de 120 kilos, está calvo y procura no acercarse a un médico no sea que le diagnostiquen un Asperger. Enrique, lo sé bien, está detrás de todas los encargos de artículos y columnas que me llegan por mail y que me están ayudando a pagar los recibos de este mes. Mejor dicho, el que está detrás es su agente, el mediador que conecta a mi tímido amigo con el mundo de los marchantes. Cuando Pablo me dejó, Enrique usó por primera vez la llave de mi casa, se instaló en el sofá y, durante interminables días, puso ante mí un tazón de caldo. Sin hablarme. Hasta que empecé a comer. Enrique es virgen, lo sé aunque no me lo haya dicho nunca. Posiblemente no le importe, creo, viendo cómo se queda ensimismado  absorbiendo por cada poro de su piel el aire limpio con aroma a pino recién lavado.
Y nos queda Laura, la mi Laura. La cabecita loca que está a mi lado desde los tiempos en que ambas éramos fans de los Pecos. Laura, al contrario de Enrique, no concibe la vida sin amor. Amor de tango o de bolero, de los de risas y llantos revueltos y montados en una montaña rusa. Ahora la tenemos en luna llena, enamorada hasta las trancas del amigo de un compañero. Por supuesto, casado.
Laura, tía, deja el móvil un poquito, ¿no? le digo, harta de su incesante parloteo No verías las setas ni aunque te las pusieran delante como a Franco los salmones.
Ella da una carrerilla, me alcanza y me estampa un beso. Se la ve contenta.
Hemos quedado para mañana. Me invita a comer cordero en Pedraza.
¿Y su mujer?
La va a dejar. De hecho hace mucho que ellos no…en fin, ya sabes.
De sobra lo sé. Como también sé que no vamos a encontrar ni un níscalo ni un parasol. Tampoco boletus, porque para eso hay que subir al castañar y además, los del pueblo han acotado el terreno para que el pastizal que pagan los franceses por las preciadas setas se quede en familia. No les he dado el dato por no quitarles la ilusión.
Tenemos que ir volviendo, que se nos va a hacer tarde para la caldereta les advierto. Enrique y  Laura me lo agradecen con la mirada. Bea, sin embargo, no está de acuerdo.
Ché, un momento.  No tan deprisa, Charito. No podemos volver con las cestas vacías.
Ni una seta, querida. No hay ni una seta. ¿No ves que no ha caído ni una gota de agua?
Pero el bosque es rico, nos ofrece más cosas, no solo setas.
Tampoco hay moras.
Ni endrinas.
¡Pero mirad a vuestro alrededor, sonsos! ¿no veis las piedras bien cubiertas de musguito? , ¿Vosotros sabéis a cuánto pagan el musgo en el mercadillo de Navidad de la Plaza Mayor?
Bea, por Dios. ¿Cómo vas a conservar el musgo verde hasta entonces?
En el congelador. Y si se pone pardo, se riega y reverdece…
Creo que el musgo está protegido, como el acebo. Además, ¿dónde leñes lo vas a vender?
― En Ebay, tía.
Por la noche volvimos a casa con las cestas llenas de musgo, más dos bolsas de plástico y varios tuppers con caldereta. Al botín había que sumarle tres números de teléfono nuevos en la agenda de Laura y una media cogorza de la que sólo se libraba Enrique, que para eso era el chófer.
Todavía me esperaba una sorpresa. Me la dio mi amigo, al dejarme en el portal, justo cuando iba a cerrar la portezuela del coche.
― Charo, tengo que decirte algo.
― Dispara.
― Creo que tengo novia.
― ¿sí?, ¿tú?, ¿y eso?, ¿dónde la has conocido?
― En internet.
Me eché a temblar. No sé por qué, pero de repente me vi haciendo caldito. Mucho caldito…
(Continuará)
Los trucos de Bea para los tiempos de crisis: Seguro que en alguna señalada ocasión necesitas subirte a unos taconazos de vértigo e impresionar. Si el presupuesto no te da para unos Manolo Blahnik, siempre te queda otra gran marca: “Vittorio y Los Chinos”. No temas que el plasticazo de los zapatos que venden en los chinos arruinen tu noche. Hay una solución. En lugar de las caras y desmerecedoras plantillas, mete entre tu pie y el zapato sendos salvaslips, a poder ser sin alas. Absorberán el sudor de pinrel y te proporcionarán el ansiado confort. De nada.




           

martes, 25 de octubre de 2011

MINA (ESTRELLA FUGAZ)




MINA
Se llama Nelson y vive en Dabeiba, cerca de Medellín.
Pero también podía haberse llamado Samir, Tai o Daniel y vivir cerca de Kabul, del río Mekong o del puente de Dubrovnik.
Nelson o Samir; María o Jamila; Li o ´Zé, sienten lo mismo cuando por sus cielos –tan iguales, tan diferentes- cruza una estrella fugaz iluminando la noche: que la suerte se aproxima, que el milagro se acerca. Que algo bueno está a punto de pasar.
Aquella vez, Nelson pidió un deseo.
Quizá Jamila se hubiera encomendado a sus ancestros; quizá Tai se hubiera tocado los ojos tres veces para atraer a la buena suerte. Me consta que Daniel hizo lo mismo que Nelson y que María y pidieron algo al cometa que pasaba dejando su estela de luz sobre sus cabezas.
Nelson pidió que su padre le trajera de Medellín un balón de reglamento, aunque sabía que era muy difícil, que todos los pesos se le irían en pagar el pasaje de la guagua.
´Zé pidió unos zapatos para su madre y Samir que volviera a nevar para que al día siguiente el camino a la escuela resultara intransitable.
A Nelson esa tarde le tocaba de portero. “Como Casillas”, aunque después me dijo que tampoco le hubiera importado jugar de defensa, como el novio de Shakira.
Li había ido con su madre a recoger juncos para fabricar cestos y Daniel y sus amigos triscaban por los escombros en busca de monedas, botones o cualquier otro tesoro.
Todos ellos creían que la guerra ya había acabado.
El delantero del equipo contrario tiró con fuerza y, aunque el balón no era sino un esférico amasijo de papeles, voló sobre los imaginarios postes enmarcados por piedras y se perdió en algún punto del campo yermo.
Ven a buscarlo conmigo, pendejo
Nelson conminó al delantero a que lo acompañara. Después me dijo que toda su vida se arrepentiría de su rabia contra aquel muchacho que tiraba a puerta mejor que él.
Fue el otro chico el que pisó la mina, sin querer. Sin embargo, ´Zé la pateó para ver si sonaba y Samir hizo lo mismo camino de la escuela.
A Nelson le pareció que el resplandor de la estrella fugaz le envolvía y que él se enganchaba con fuerza a la cola de luz, hacia la noche.
Los oídos le estallaron dentro del cerebro en el mismo instante en que el recuerdo de un balón de reglamento cruzó  raudo por su mente.
Después, todo fue oscuridad.
Nelson perdió las dos piernas. Aún me dice que tuvo suerte, que peor fue lo del pobre delantero del otro equipo, que murió allí mismo.
Samir, Tai, Daniel, Li, Jamila, ´Zé. La madre de Li. El delantero del otro equipo.
Nelson.
Otros niños; otros hombres y mujeres. A veces simples cifras en estudios que ilustran en fríos porcentajes la maldad que se esconde en el corazón humano.
Que asesina o mutila la esperanza con el fulgor efímero de una explosión.

jueves, 29 de septiembre de 2011

HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS 1. EL COBRADOR

HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS (basado en hechos reales)
1.- EL COBRADOR
            Dormía tan profundamente que, cuando a las 11 y 20 el timbrazo del teléfono me ha arrancado del sueño casi me trago la muerte del susto ¡Llegaría tarde al trabajo! Y lo que es peor ¡tendría que ver la cara de satisfacción de Peláez! Afortunadamente el sobresalto se ha aliviado al instante: lo que ha tardado la razón en recordarme que no había trabajo al que llegar tarde;  Peláez y yo llevábamos más de dos años en el paro.
Al otro lado del teléfono estaba Cristina, la del banco.
― Charo, soy Cristina, la del banco, ¿no te habré despertado?
― No, qué va― le mentí como solía.
― ¿Por qué no bajas a la sucursal y hablamos, que ya te he mirado lo de la hipoteca?
Bajé, ya lo creo que bajé. Bajé esperanzada.  Cristina se había comprometido a estudiar si me interesaba acogerme a un nuevo plan del banco profusamente anunciado en todos los medios de comunicación. Una muestra, en tiempos de crisis,  de la comprensión y la solidaridad de esa gran entidad financiera, como una madre para nosotros. ¿Podría yo, parada de larga duración y mayor de 40 tacos refinanciar mi hipoteca para que la mensualidad me fuera más leve? ¿Podría, podría, podría?
Pues no. Precisamente por ser parada de larga duración y mayor de 40 tacos.
Cristina me invitó a desayunar. Tampoco a ella le iban muy bien las cosas. La empresa de Mariano, su chico, acababa de cerrar y a ella, que había” renunciado” a las vacaciones por necesidades de plantilla, la iban a recompensar mandándola a San Sebastián de los Reyes.
― Una pasta en transporte, tía. Lo que nos faltaba…
Después pronunció las palabras que tanto temía oír de su boca: Que debía dos recibos de la luz, uno de hipoteca y el último del teléfono y que estaba en números rojos.
― Y no es por asustarte― me advirtió― pero los de Iberdrola merodean por el barrio como buitres, cortando la luz al personal.
Efectivamente me asustó. Mucho. Volví a casa como el Llanero solitario, galopando sobre mis tacones y  dispuesta a sacar el colt contra el primer cuatrero que se atreviera a atacar mi rancho, sito en el 3º B del 22 de Peñuelas, distrito de Arganzuela de aquí, de Madrid.
No sé muy bien por qué pero, en tiempos de angustia y zozobra, a mí el Llanero Solitario me da mucho cuartelillo. Desde pequeña. Más que Escarlata O´Hara con el puño en alto, y poniendo a Dios por testigo. Igual por eso me reprochaba mi ex lo del punto masculino. O por las camisas de cuadros, quien sabe.
En estas disquisiciones me hallaba cuando, en lo metía la llave del portal, me tocaron en el hombro y me volví.
Era Agustín, el chino de la tienda de chinos de al lado de mi casa, uno de mis fans más entregados, por no decir el único.
Señolita Chalo― me dijo, tan cortés y elegante como siempre― Tengo una cosa pala ti. Cosa bonita, mu buena y balata.
―¿De tu primo Salvador? ¿Ya me ha vendido el móvil?
―Sí, sí, vendido. Luego me tlae los eulos, a hola de comel. Baja tú, señolita Chalo y te los doy. Y una cosa mu buena y balata pala ti.
―Que no tengo dinero, Agustín, ni balato ni calo, ya sabes…
Al final le prometí que bajaría a ver lo que su primo Salvador me quería enseñar. Salvador era un genio falsificando, el mejor. Pero sobre todo Salvador me había vendido un móvil, el último que podía conseguir con los puntos ac umulados lo que, con un poco de suerte, me pagaría al menos un recibo de la parte del “debe”, la que enrojecía mi cuenta y mi rostro cuando no me quedaba otra que pedirle dinero a mi madre.
El cobrador llegó cinco minutos después, cuando acababa de quitarme de encima al Llanero Solitario. Si lo sé no le abro la puerta.
Era un chico joven, casi como mi sobrino. Me pregunto si yo era quien era y me entregó una notificación., sin mirarme a los ojos.
― No me puedes cortar la luz. No, no, ni hablar…
― Yo qué quiere que le diga, es mi trabajo…
― Mira no, no puede ser. He quedado en bajar al banco a la hora de comer, antes de que cierren, cuando me llegue un ingreso que estoy esperando.
―Ya le digo que lo siento, pero…
Algo cruzó los ojos. Por una milésima de segundo. Lo reconocí enseguida: era un hilo de compasión. El chico estaba pasando tan mal momento como yo, quizá peor. Aproveché la situación.
― Vamos a hacer una cosa, verás. Pasa, te pongo un café y hablamos con tranquilidad.
― No, no. No puede ser, ya le digo que…
―No pasa nada, hombre. Pasa y descansa. Te pongo algo…un café, una cerveza…Se te nota cansado. ¿Desde qué hora llevas cortando la luz?
― Desde las ocho.
―¿Y a cuánta gente calculas que habrás dejado a oscuras?
― Pues entre ayer y hoy…unos ciento quince.
Creo que semejante cifra consiguió que accediera a mi petición. Le puse un café con la leche templada y me lo agradeció con un deje de simpatía en su voz.
―Si no te corto la luz tendré problemas con el inspector.
―¿Dónde está el inspector?
―Puede aparecer en cualquier momento.
Abrí la ventana del salón y nos invadió el ruido abrumador que venía de Santa María de la Cabeza. Le señalé la calle:
―¿Ves al inspector por algún lado?
El chico se asomó y negó con la cabeza.
―Pues hombre, aprovecha, sal de aquí y quedamos tan amigos. Ya te digo que a mediodía, cuando me llegue un dinero que espero, bajo al banco que la chica, Cristina, es amiga mía y pago los recibos. Te lo juro, créeme.
            El cobrador, de repente, me regaló una sonrisa que me supo a triunfo.
―¡Qué hostias! ¡Pues claro que sí, que tienes razón! ¡ Si al fin y al cabo hoy es mi último día para estos canallas, que mañana se me acaba el contrato y me mandan otra vez a la cola del paro! Nada tía, tranquila que me piro echando leches y…que te vaya bien.
Le acompañé a la calle y entré para comprarme dos fortunas en la tienda de Agustín. Me los merecía. Mañana, si eso, dejaría de fumar.
  Señolita Chalo, pasa dentlo,  ves lo que me ha dado mi plimo. Sólo cinco eulos, señolita,  cinco po sel tú y si se lo dices a amigos…
―¿Te ha dado el dinero del móvil?
―Ha dado, ha dado…
Pasé a la trastienda, el lugar en el que el Caos se fundía con el Universo. Agustín me dio un sobre con 120 euros, cortesía de Movistar.
Resoplé con alivio.
Mila, qué bueno, qué bueno. Pa el metlo, pa autobús, pa museo, pa cañas, pa comel…todo balato, todo balato….
Y me puso, entre las manos, perfectamente falsificado, un carnet de voluntario de la JMJ.
Tan rojo como los números de mi cuenta.
(Continuará)
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TRUCOS EN TIEMPOS DE CRISIS (Las recetas de Bea)

Se acabó aquello de “Eres más inútil que la primera rebanada del Bimbo”. Saca la primera y la última de la bolsa y tuéstalas. Después córtala en cuadraditos y consérvala en una bolsa herméticamente cerrada o en el congelador. Ideal para picatostes, ensalada César o acompañamiento del gazpacho.


lunes, 26 de septiembre de 2011

CATÁLOGO DE ADIOSES

CATÁLOGO DE ADIOSES
            Durante la década de los ochenta del pasado siglo, El profesor  Marvin C. DeWille, titular de la cátedra de Criptografía Aplicada en la Pared ( Facultad de Eméritos y Maleantes de la Universidad de Wildstone) publicó un exhaustivo estudio en el que catalogaba y daba sentido a las más famosas frases de despedida halladas en las excavaciones que sacaron a la luz antiguos asentamientos masivos de seres humanos llamados Penitenciarias que, con ánimo punitivo, pudiera ser que albergaran población humana no deseable antes de proceder a su exterminio.
            Posteriormente, las huestes de DeWille procedieron al saqueo de los yacimientos al grito de “Venusianio el último” arrancando una a una cada piedra que contuviera (o contuviese) restos legibles y catalogados. La televisión pública retransmitió el saqueo en directo, obteniendo un 75 % de share y consiguiendo que todos nos echáramos a la calle para reivindicar nuestro derecho inalienable a un resto arqueológico legible y catalogado.
            Pero, como de toda la vida siempre ha habido ricos y pobres y yo he tenido la desgracia de nacer de la pipeta Sub-4670, me tengo que conformar con soñar. Así que, cada día, cuando vuelvo de la mina cantando “Hi Ho, Hi Ho” como es preceptivo, me telepatizo a la cámara acorazada de la Casa Jethaby´s , donde se exponen los cachitos de muro con sus pintadas antes de ser subastados  y los contemplo con tranquilidad, jugando conmigo misma a elegir, a poder disfrutar de ellos; pasando el rato, inocente como cuando era larva.
¡Son tan hermosos! Doy gracias por haber sido clonada en esta época de paz, donde la técnica no solo nos proporciona el acceso a la información casi gratis, sino que nos la entrega ya masticada y digerida para que la disfrutemos sin gastar puntos de energía en comprenderla.
Mis preferidas son las de amor, que era un tipo de mariposa que anidaba en los vientres de los antiguos humanos. Cuando la mariposa se extinguía o se expulsaba del cuerpo por las vías habituales, si el humano tenía la suerte de estar próximo al sacrificio, existía la costumbre de escribir adioses  en los muros del habitáculo también llamado celda.
Estas son algunas de estas frases, para mi gusto las mejores. Daría lo que fuera para ser dueña de una de ellas  de tener posibles. Aunque tuviera que volver a hipotecarme, con eso creo que se entiende la profundidad de mi anhelo.
Una de mis preferidas apareció entre los muros de una prisión para jóvenes llamado “Instituto de Enseñanza Media Mártires de la SGAE” y dice así:
T digo A2 kriendote sin kererte krer.
No sé si me krías, no si te kse, pero para lo que me keda en el Konvento…KTDN”
Hay otro adiós bastante curioso cuyo autor, un tal Joaquinsabina, fue represaliado en la I Gran Guerra, cuando los Psiquiatras derrotaron a los Poetas instaurando el Régimen del Terror. Fue encontrada entre los restos del Palacio Real de la SGAE, al parecer escrita por la misma mano (autógrafo) del tal Joaquinsabina, del que sólo se sabe que llevaba bombín. La transcribo:
“Estos labios que saben a despedida, a vinagre en las heridas, a pañuelo en la estación”
No he logrado entender qué puede ser “vinagre”. Creo que se debe referir a otra clase de mariposa, pero no estoy segura.
Y por fin otra, quizá la más cargada de significante y significado. Encierra una triste historia, la de una antiquísima humana de nombre Ana Bolena y es muy sencilla, casi condensada:
“Voy a perder la cabeza por tu amor”
Tan importante como el resto catalogado por el Profesor DeWille fue hallar, bajo la excavación B-111 también llamada SGAE Upper Thames, importantes señales de un asentamiento penitenciario aún más antiguo, donde se encontró la famosa frase de Ana Bolena, quien quiera que fuese, y que se podría corresponder con la legendaria “Torre de Londres” lo que avalaría su existencia real más allá de las canciones de cuna.
Esas tres que relato ahora son mis despedidas favoritas por su simplicidad en el concepto. Hay otras, muchas, millones. Todas en venta, todas para los de siempre. Mientras yo sueño con ellas, los poderosos las disfrutarán. A mí me gustaría también tener la sabiduría suficiente para decir adiós como se hacía en la antigüedad, antes de que me desenchufaran. Si tuviera valor lo intentaría, pero despedirme…¿de quién?
Eso sí: cuando los Xinorris consigan buenas falsificaciones, de las de calidad, de los cachitos de muro escritos, me pienso hacer con uno como me llamo®ⱴ®. ¡Ea!