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Papeles de Nunca Jamás por Esther Requena se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-LicenciarIgual 3.0 Unported.

lunes, 20 de febrero de 2012

CUANDO BATMAN LLEGÓ A BELÉN


CUANDO BATMAN LLEGÓ AL PORTAL DE BELÉN.
            La Seño me volvió a mandar a la silla del aburrimiento por la culpa de Iván Solís. Ella se cree que es bueno porque llora mucho y con lágrimas, pero qué va. Es un niño muy malo que me da patadas por debajo de la mesa cuando hacemos las fichas de colorear lo que es redondo.
Además yo estaba muy enfadado porque otra vez me había tocado ser oveja. La Seño nos repartió los papelitos y en cuanto vi que el mio era amarillo…¡uff!...  ya me di cuenta de que me iba a dar el perrengue, así que hice lo que me dice siempre mi madre que haga y me fui donde estaba la Seño:
            Seño, que yo no quiero ser oveja.
            La Seño estaba atándole los cordones del zapato a Marianela, que no sabe, y como no me hizo mucho caso le tuve que chillar como hace la abuela con el abu porque está un poco sordo.
            ¡SEÑO! Que yo no quiero ser oveja y que me va a dar el perrengue.
            La Seño me miró con la cara de Enfadada, pero solo un poco y me dijo que ser oveja era una suerte porque las ovejas bailan delante del portal de Belén.
            Yo le dije que prefería ser romano porque los romanos llevan lanza, pero la Seño siguió atándole los cordones a Marianela y de paso quitándole los mocos y yo me fui al baúl de los libros para ver el del cocolilo antes de que lo cogiera Iván Solís. Pero como Iván Solís es un niño muy malo, que me da pellizcos en la hora del cuento, vino corriendo con su papel naranja y me lo puso por delante de los ojos, para chincharme:
            Mi madre me va a hacer una lanza desde el suelo hasta el techo y te la voy a hincar.
            Pues mi madre me va a hacer una metralleta hasta la luna para matar al lobo.
            Pues no porque las ovejas no disparan y el lobo se las come y tú eres tonto.
            Pues no porque yo soy la oveja Batman que tiene metralleta y tú eres tontolaba y muy malo y les quitas los juguetes a los pequeños.
            Entonces Iván Solís me arrancó de las manos el libro del cocolilo y salió corriendo al lado de la Seño, que le estaba atando los zapatos a Sara de Vicente y a Marianela, que se los había desatado otra vez. Pero antes de que llegara me dio el perrengue y le empujé con toda la rabia y el muy malo se cayó contra el pico de la mesa.
            Le quité el libro del cocolilo que era mío porque yo lo cogí el primero y le chillé:
            ¡Y voy a matar a los romanos con la metralleta de Batman, tontolaba!
            Entonces me mandaron a la silla del aburrimiento. Hasta que llegara mi madre.
            Todas las madres vienen pronto menos la mía que viene tarde. Por eso prefiero que venga el abu a buscarme, porque él siempre es el primero y me trae chuches.
            Mi madre vino la última, cuando ya sólo quedábamos la Seño y yo, sentado en la silla del aburrimiento. Llevaba a la hermanita en brazos, llora que te llorarás, y le dijo a la Seño, muy deprisa, que lo sentía mucho, que le habían llamado de la guardería que la niña estaba mala, que su suegro se había ido a Benidorm y que tenía el coche el coche en doble fila así que nos íbamos, que me iba a castigar en casa por portarme mal y que si eso otro día hablaban en tutoría. La Seño la miró fijamente y después me dijo:
            Adrián, dile a tu mamá de qué tienes que venir vestido para el belén viviente.
            De romano con lanza le respondí.
            La Seño le dijo a mi madre que no sabía qué iba a hacer conmigo y que le diera el papel amarillo delante de ella. Yo la obedecí y después nos fuimos con la hermanita, llora que te llorarás, a casa.
            Después, como llegaba la Navidad, lo pasamos muy bien porque pusimos el Belén en casa de la abuela Mari, con los primos, y sacamos las luces del árbol y mi padre se las puso por encima y brillaban y también adornamos el cole y escribimos cartas para todos los que traen regalos y en todas me pedía piedras para hacer castillos y libros de cocolilos. También ensayábamos los villancicos y el baile de las ovejas y a mí me salía tan bien que la Seño me dijo que podía ayudar a Marianela,y al tonto de Iván Solís le dio la envidia y dijo que él quería ser oveja Superman y lloró con lágrimas, pero la Seño le mandó a la silla del aburrimiento por cansino y luego respiró muchas veces seguidas como cuando hacemos relajación.
            Por la noche me fui a dormir pronto para tener muchas fuerzas y bailar bien el baile de la oveja Batman. Pero luego me acordé de la metralleta y llamé a mi padre. Entonces la hermanita se despertó y empezó otra vez llora que te llorarás.
            ―¡Bea!― chilló mi padre― mira a ver qué dice el niño de nosequé de Batman y de una metralleta.
Mi madre se asomó con la cara de Susto.
―¡ Ay, por Dios, que mañana es el belén y se me ha pasado del todo! Y es verdad, que el niño me dio un papel con el disfraz que tenía que llevar y ..¿dónde lo habré metido, tú te acuerdas, Adri?
―En la bolsa del Mercadona, mami.
Mi madre empezó casi a llorar diciendo que no daba a basto y la hermanita también lloraba con lágrimas y a mí me daba mucha pena y entonces lloré también y mi papá, que es muy valiente, dijo, con la voz de Fuerza, que se acabaron los lloros y que eso se solucionaba ya mismo.
― A ver, Adrián…¿de qué tienes que ir disfrazado mañana?
― De oveja Batman con metralleta.
Entonces mi padre llamó a la tía Mamen y al rato vinieron  el primo Pablo y el primo Ángel de Zumosol con un traje bien chulo con antifaz y capa. Pero yo no estaba contento.
― Le falta la metralleta.
El primo Ángel me contó la verdad: que Batman no necesita metralleta porque tiene la Fuerza y superpoderes y que por eso puede volar.
― Eso, eso― decía mi madre mientras bajaba las persianas― tú dale ideas.
No me dejaron irme a dormir con el disfraz de Batman, aunque lloré y estuvo a punto de darme el perrengue. Me levanté al día siguiente muy contento. Todavía era de noche y papá no se había ido a trabajar. Como son buenos, me dejaron que me pusiera el antifaz y que me metiera en la cama con ellos, bien a gustito que se estaba.
A lo mejor por eso casi llegamos tarde. Papá nos llevó a todos en el coche y cuando llegamos allí estaban la abuela Mari, la tía Mamen y los primos de Zumosol para verme bailar en el belén viviente.  Todos pusieron cara de Sorpresa cuando entramos y yo era el único Superhéroe. También la Seño puso la cara de Sorpresa, pero los amigos de clase vinieron corriendo a tocar la capa de superpoderes y ya les dije que se la prestaría si eran buenos y me dejaban primer para coger el libro de los cocolilos.
            Iván Solís tenía la cara roja, de perrengue, y su lanza era muy pequeña y no llegaba al techo. Me dijo que si quería que me la dejaba y yo le dije que vale y que también le dejaría el antifaz, pero la capa no porque los romanos no tienen superpoderes.
            Luego ya empezó el belén viviente y Marianela y yo bailamos fenomenal, fenomenal.
            Cuando sea mayor quiero ser romano con superpoderes y ver todos los libros de cocolilos .
Y también llorar con lágrimas.

           

           

miércoles, 18 de enero de 2012

HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS 3: EMPRENDEDORAS

HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS 3
EMPRENDEDORAS
    “Las tres últimas nóminas, la declaración de la renta y un recibo de la luz”
Llevo escuchando esta bonita frase quince días, desde que empecé mi particular viacrucis por los bancos. Desde que accedí a quemar las últimas naves antes de dejarme ir a la deriva. Desde que Bea, la de las grandes ideas, me convenció para que le acompañara en el penúltimo viaje a la Cólquida:
    ―Che, linda, podríamos hacerle caso a estos del gobierno y hacernos emprendedoras. Total, no perdemos nada, ¿no creés?
    Tres días más tarde nos explicó su genial idea. Laura palmoteó de entusiasmo. Enrique efectuó un leve encogimiento de hombros que, traducido al lenguaje común significaba “¿y por qué no?  Y yo…¡ay! Aquella misma mañana me había encontrado  “OM SHANTI. Ecocentro de Terapias Alternativas” con los cierres echados y un cartel de “Se alquila” pegado con esparadrapo en la puerta. Me debían 300 euros. Lo que me correspondía por dos meses masajeando pies al módico precio de 3 euros, 1´50 por pinrel. En negro. Es lógico que me encontrara noqueada, como si el cartel de “Se alquila” se hubiera transformado en el puño de Urtain y me hubiera cascado la nariz. Con ese estado de ánimo poca lucidez me quedaba para tomar decisiones, así que opté por seguir al rebaño y dije que bien, que bueno, que vale.
    Bea lo tenía todo bien pergeñado: en la primera fase había asignado a cada cual su tarea y unos objetivos que cumplir. Un buen reparto de funciones, basado en las capacidades y peculiaridades propias de nuestra idiosincrasia y experiencia en esta vida. A mí, Eating Brown, me adjudicaron un traje de chaqueta y la misión de encontrar asesoría y subvención para la Genial Idea. ¿Por qué? Muy sencillo: porque los Reyes me habían traído el abono transporte y tenía que recorrer la ciudad de punta a punta.
    Realmente, en Madrid, el que no emprende es porque no quiere. No tiene más que acercarse por las oficinas habilitadas al efecto para que nosotros, los emprendedores, levantemos España. Sales de ellas rebosante de gozo y esperanza, folletos de colorinchis, direcciones postales y electrónicas y teléfonos de personas humanas y virtuales cuyo compromiso y palabrita de boy scout es ayudarte a crear empresa. Y tal. El “pero”, claro está, es el de siempre: que primero te busques tú la financiación y luego ya, si eso, te ayudan. Para eso hay tropecientos millones esperándote .Para ti, que eres PYME. Pero luego ya, si eso…
    Reconozco que no es lo mismo peregrinar de banco en banco en soledad que en compañía de Bea. Estoy convencida de que, años atrás, los directores de las sucursales que hemos visitado, sembrarían nuestro paso con pétalos de rosa y cargarían con nuestro maletín, que contendría los papeles con el préstamo concedido y firmado, para que no nos herniáramos. Porque Bea, con su hipnótico y seductor discurso porteño, consigue vender cubitos de hielo a los esquimales. ¡Dios mío, qué labia!
    ―Bueno, bueno…―suele decir el director del banco―Desde luego, hay que reconocer que la idea es de lo más novedoso.
    ― ¡Desde luego! Usted, como profesional que es, ya sabe que en tiempo de crisis la gente desea divertirse, una evasión, olvidar los momentos difíciles, la falta de laburo…
    Mira que le tengo dicho que la palabra “laburo” choca demasiado si no se es adicto a las películas de Campanella…
    ―Y después tenga en cuenta nuestro mejor activo: el humano. Porque, sin duda, aunque no….quizá es usted demasiado joven…bien, quizá recuerde a Laura Pérez-Ojeda, ¿no?...Okey, ya sabía yo que usted no era tan… ¡no me diga!, ¿esa edad? ¡me está usted trampeando! ¡oh, seguro! Sólo que si yo le digo el título de una serie…”Al salir de cañas” y un personaje, Cayetana…sí, efectivamente, la mina que muere al caer de un toro mecánico. Trágico, sí…¡Laura, la actriz que interpretaba a Cayetana es nuestra socia! Pero es que luego contamos con aquí, la otra socia, María del Rosario Salmerón, como guionista…
    Mira que le tengo dicho que odio que me llamen María del Rosario. Y aún más que me tomen por guionista.
    Así que cuando les cuenta que organizamos bromas para despedidas de soltero, soltera, divorcios, jubilaciones, cenas de empresa, quintos, celebraciones deportivas, beatificaciones, bodas, bautizos y comuniones, los señores directores asienten complacidos y con un ligero hilillo de baba. Si en lugar de señores directores nos encontráramos con señoras directoras, estoy segura de que el efecto sería similar, porque Bea es, ante todo, una experta embaucadora, pero sin suerte. Porque después llega el momento de negociar el préstamo, conversación que no se sabe cómo empieza pero sí cómo termina:
    ― Me traéis las tres últimas nóminas, la declaración de la renta y un recibo de la luz.
    Y se quedan con un dossier llamado “Plan de viabilidad” encuadernado con gusto exquisito y que me he inventado de cabo a rabo con la inestimable ayuda de una amable asesora del portal de “Emprendedores de Madrid”.
    Hasta luego, cocodrilo.
    Así que nos hemos dado a la economía sumergida. Por ir tanteando el mercado. En estos momentos nos encontramos en cierto pueblo manchego. En el pub “Goyo´s”. Nuestra empresa ha debutado en la despedida de soltero de Germán “Rallao”, o “Rayao”, que tanto monta. Laura ha interpretado honrosamente el papel de gitana embarazada con los genes del rayo o de la raya; ha irrumpido en la juerga como una ola y ha montado la de Cristo. Lo ha dado todo, como Meryl Streep haciendo de la Thatcher. En el guión constaba que se acompañaría de padre, hermanos y primos exigiendo reparación del honor perdido según las leyes gitanas, pero a los amigos del novio no les daba el dinero para figurantes. Una pena, hubiera quedado mucho más verosímil. Hemos ganado 120 euros limpios, lo que siendo “en negro” no deja de resultar paradójico;  nos han pagado el transporte y tenemos barra libre, bien aprovechada por mi parte.
    He quemado las naves y me he dejado ir a la deriva. Me veo reflejada en el espejo, acodada a la barra, sin fuerzas ni para subirme al roñoso taburete de skai y con un cubata de garrafón en la mano. Tengo que darme tinte en las raíces.
    Laura, sin embargo, está radiante, rodeada de tiones, disfrutando de su éxito. La oigo reír mientras viene hacia mí.
    ― Ese tío no te quita ojo, Charo.
    Miro a mi derecha y le veo. No está mal, algo joven quizá. Me invade un ataque de pereza al pensar en el juego de seducción que tanto me gustaba en el Pleisatoceno, antes de que Mario llegara y se fuese.
    ―Charo, hostias, permítetelo. ¿Cuánto hace que no…?
    ―Laura, ahora no. Déjalo, anda, y ve a divertirte otro rato.
    Ella no se enfada por la bordería. Ella es buena; es genial, pero, en cuestiones de amores, no puedo dejarme aconsejar por la mujer que fue capaz de dejar a un hombre por otro sólo porque el segundo vivía en el mismo descansillo que ella y de esa manera no se gastaba nada en transporte para el revolcón.
    El chico no está mal, nada mal. Empiezo a dudar. El tío me sonríe. Yo le contesto con algo, no sé si la mueca que entreveo en el espejo puede ser interpretada como sonrisa. Él baja de su taburete, toma su copa y se acerca. Yo me acuerdo de Mario y su encanto italiano. Y de las veces que le robaron la cartera a principio de mes. Y de los viajes que nos hicimos y que yo pagué, encantada y ciega; Y de la ropa de marca que le regalé…
    ―Hola― me dice el chico. Y un surtidor de feromonas me empapa por entero.
    Pero reacciono:
    ― ¿Hola?...¡Cómo que hola! A ver: las tres últimas nóminas, la declaración de la renta y un recibo de la luz.
    De todo se aprende.

Los trucos de Bea para los tiempos de crisis:
No te compliques la existencia dejándote un presupuesto en la pescadería. De la gamba… ¡hasta los nadares! Jamás, repito ¡jamás! tires las cabezas de las gambas, aunque sean congeladas. Hiérvelas bien, mucho, todo lo que puedas. Varias veces. Ve colando el caldo y echa un buen chorro de vino blanco (por supuesto de Tetra Brik). Deja reducir lo que puedas, por ejemplo hasta poder llenar una bolsa de las de hacer cubitos. Como hemos dicho que vamos a aprovechar todo, aprovechamos (valga la rebuznancia) el verbo “reducir” y llamamos a nuestro brebaje “Reducción de marisco al Savin”. Metemos la bolsa al congelador y, cuando necesitemos una esencia de mar para engañar, por ejemplo, a una paella o a un fumé, lo sacamos, pero de uno en uno.
    Los bigotes de la gamba, dispuestos con elegancia, son un originalísimo elemento decorador.
De nada.


   

   
   
   

martes, 10 de enero de 2012

ANGEL_ GUARD 0.6.66

ANGEL_ GUARD  0.6.66
    Dos días después de que Adela me abandonara, estuve a punto de morir en el metro de Madrid, estación de Acacias.
Quizá - quién puede saberlo- empujado por algún viajero impaciente, mi pie derecho calculó mal la distancia, o quizá se despistó- no fui consciente, absorto en mi propio dolor, herido por la traición de Adela- pero el caso es que en cuestión de un instante me vi con la pierna derecha encajada entre el vagón y el andén, como si la suela del zapato no hubiera podido resistir la tentación de bajar a fisgar lo que se cocía en las vías. Recuerdo escuchar el pitido insistente y gritos a mi alrededor. Lo recuerdo como se recuerdan los sueños porque aquel día -el segundo desde que Adela me dejara solo, enfermo y desesperado- yo no estaba, como decía mi difunta abuela, “en mi ser”. Por instinto roté mi cadera, liberando lo que es la rótula del reborde interior del andén. Sé que, simultáneamente, alguien tiró de mí, agarrándome de las axilas e izándome con singular destreza. El caso es que emergí ileso y entonces –y ahí viene la esencia y el porqué de tan larga digresión- alguien dijo: “Tiene usted un ángel de la guarda”.
En aquel momento no di mucha importancia a la frase, sumido como estaba en el terror, la ira contra el destino y la tristeza por la marcha de Adela. Uno no ha sido nunca de creer en fenómenos paranormales, aunque estén bendecidos por el imaginario popular y religioso, pero, de regreso a casa –misma línea, misma estación- de repente escuché una voz que me decía:
    “Atención. Estación en curva. Al salir, tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén”
    Y fue entonces cuando una tímida luz se encendió en mi interior, como los llaveros con linterna en el fondo del maletín y comencé a creer que alguien, quizá Adela -de forma inconsciente, claro- quizá mi difunta abuela, me había enviado una presencia benéfica para que me protegiera. Que falta me hacía.
    Un ángel de la guarda con una sugerente voz de mujer.
    En casa intenté relajarme y tratar de encontrar una explicación racional al asunto - tal como me indicaba la doctora Olmos- analizando cada detalle, sin dejarme arrastrar por el agujero que me succionaba la razón de vez en cuando. Sin embargo, la sensación de prodigio seguía latiendo con fuerza, tanto –o más- que cuando me enamoré de Adela. ¡Ay, Adela, Adela, siempre Adela! Evocarla me hizo correr hacia el teléfono, como cada vez que tenía que salir de casa – ya saben…compras, trabajo, algún trámite…- invadido por el terror a que ella me llamara y no me encontrara. Esperé a que saltara el contestador, como siempre. Pero esta vez escuché, como un bálsamo – y obsérvense las mayúsculas que llegan-  la Voz de mi Ángel de la guarda:
    “El servicio de contestador le informa de que no tiene mensajes”
    “Tiene razón”-pensé- “No tengo mensajes. No voy a tenerlos. Adela no volverá a llamarme. Adela no volverá”
    Y agradecí a mi Ángel de la Guarda –ya con mayúsculas las dos- que me hubiera ayudado a poner, como solía decir mi difunta abuela, “los pies en la tierra”. Ya estaba bien de tanta Adela. Total, nunca había creído en mí. Ni siquiera cuando puse ante ella las pruebas empíricas que avalaban mi teoría sobre la conexión entre la tecnología de los “abrefáciles” y la industria de la “tirita” y los esparadrapos. Me miró cómo si yo me hubiera vuelto…en fin, mejor dejarlo.
    Desde entonces, la Voz de mi Ángel –para qué llamarla por el apellido cuando hay confianza- me cuida –“Su tabaco, gracias”-; me guía – “En la próxima rotonda, gire a la derecha”; me avisa – Planta tercera: complementos de caballero-  y me protege
– la base de datos ha sido actualizada-
En la sesión de hoy he tratado, con toda la paciencia del mundo, que la doctora Olmos llegara a comprenderlo. Incluso –quid pro quod- poniendo en práctica sus consignas, demostrarle cómo, en estos tiempos en que el Hombre ha conseguido que los avances tecnológicos dobleguen la propia Naturaleza, incluso Dios – porque sí, después de todo lo ocurrido he vuelto a la Fe- nos manda a sus Enviados camuflados bajo la apariencia de programas informáticos –simuladores de voz en este caso- Lo de las alas y filacterios está ya fuera de nuestra época.
Ahora voy a terminar de instalar la impresora multifunción en la mesilla de noche. Me cuesta menos coger el sueño cuando duermo acompañado, así que, a partir de ahora, su dulce Voz me arrullará: “Ha comenzado la impresión” “Por favor, cargue papel en la bandeja”.
Sé que poco a poco conseguiré que me tutee.

   

miércoles, 14 de diciembre de 2011

PABELLÓN C (PARADOJAS)

PABELLÓN C
            El celador nos cedió el paso y esperó el gesto del Dr. Carruthers para cerrar el paso al pabellón con una simple pulsación del mando a distancia que colgaba de su cuello sujeto a una cadena. Si ya me había llamado la atención el contraste entre la sordidez decimonónica del hospital y los modernísimos dispositivos de seguridad, aún me sorprendí más cuando me fijé en el rostro del celador, inexpresivo como el de un androide. Me recordaba a alguien, pero por más que me esforzaba  rastreando en mi memoria, no conseguía saber a quién.
Y finalmente prosiguió Carruthers, entramos en el sector P, también llamado de los Casos Perdidos.
¿Se refiere a psicópatas, sociópatas, asesinos en serie?
Ni mucho menos. Estos internos, agente Starling, son víctimas de paradojas.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
¿Ha tratado usted con víctimas de paradojas, agente Starling?
Negué con la cabeza. No terminaba de confiar en el Dr. Carruthers.
Le pedí permiso para mirar por la ventanilla de la celda de la derecha y me lo concedió con una mirada arrogante de conmiseración. No quería ni imaginarme la que me dedicaría si supiera la verdad.
Dentro de la celda vi un hombre de pelo ralo saltando de baldosa en baldosa. No había duda: jugaba a “Quien pisa raya, pisa medalla”
¡Ah, el bueno de Mr. Postman! dijo Carruthers, esta vez dirigiéndome una mirada fija, exactamente al canalillo El pobre viajó en el tiempo y mató a su abuelo.
¿Y entonces?
Pues que no ha nacido. Lleva ya más de cuarenta años sin nacer.
Otro escalofrío recorrió mi espalda. El segundo en cinco minutos.
Continuamos recorriendo la galería. De vez en cuando, espantosos alaridos atravesaban las paredes. Otras veces llegaban a nosotros gritos y susurros, como en las películas de Bergman. Incluso, quizá fruto de mi imaginación, me pareció escuchar “Carrusel Deportivo”…
Asómese, agente me conminó Carruthers Es uno de los casos más curiosos de la Institución, quizá el más famoso y digno de estudio.
Un hombre y una mujer, sentados uno frente a otra, discutían acaloradamente.
Pero, pero… ¿esto qué es? inquirí asombrada.
Muy sencillo, querida: Ocurre que el corazón tiene razones que la razón no entiende.
¿Y no se ponen de acuerdo?
Jamás.
El tiempo se me iba echando encima. Pronto llegaríamos a la última celda y el doctor a su destino. Me palpé el bolsillo y comprobé que el botón paralizador seguía en su sitio. Él sería mi arma si Carruthers me oponía resistencia. Me lancé:
Doctor.
Dígame, agente Starling.
En realidad no soy agente del FBI, ni pertenezco a la Unidad de Conducta de Quantico, Virginia. Me llamo Virginia Woolf y soy su sustituta en la dirección del Centro.
¡No es posible Virginia Woolf está muerta!
Doctor, atiéndame con calma. Por su seguridad, repito, por su seguridad, debe permanecer ingresado en este pabellón.
¡Yo no soy víctima de ninguna paradoja, señora mía!
Me temo que sí, doctor. Usted mantiene una relación extramatrimonial con una señorita a la que adora, sentimiento que también dedica a su señora esposa de usted, ¿no es cierto?
Así es.
Usted mismo lo admite , así pues, le recuerdo la 3ª Ley Machín de la Paradoja Universal: “No se puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco”.
En aquel momento diez celadores de rostro inexpresivo como androides surgieron de la nada y me ayudaron a recluir al Dr. Carruthers dentro de la celda.
Mi misión había finalizado con éxito. Di las gracias a los celadores y fue al contemplar sus caras idénticas cuando recordé el axioma 70º de la Ley de la Paradoja Universal, “Siempre me voy a enamorar de quien de mí no se enamora” y cuando supe a quién me recordaba la cara de androide de los celadores: A Camilo Sesto.
Un tercer escalofrío recorrió mi espalda.
Me había vuelto a acatarrar.

 (Aquí el Dr. Carruthers, el gran Bela Lugosi)

domingo, 6 de noviembre de 2011

SOPAS CANAS





SOPAS CANAS
(HOMENAJE A JUAN FARIAS y AL ABUELO TOMÁS))
               La guerra que acababa de finalizar había pasado por aquel pequeño pueblo, dejando tras de sí aún más pobreza, más hambre y más huérfanos.
               El niño Tomás, cada mañana, recogía las cuatro cabritillas de sus vecinos y con ellas subía al monte, hasta el pino del Aprisquillo o hasta Arroyo Jerrero, allá bien alto, donde el agua corría brava y, hasta en los días más crudos del invierno, se hallaba alimento para que las cabras ramonearan. Todas ellas se ponían bien contentas cuando, al alba, el niño Tomás pasaba por las casas a recogerlas, sobre todo la Canelita, la cabra de la tía Filis.
               Como en aquel pueblo todos eran tan pobres, los vecinos no podían pagar al niño Tomás por su trabajo. Algunos le daban un cuartillo de leche que él llevaba raudo a sus hermanitas. Otros unas patatas o unos nabos del huerto. La tia Filis, tan viejita y retorcida como un sarmiento, cada mañana le daba un diente de ajo y un mendrugo de pan.
               Para que te hagas unas sopas canas, que te calentarán la tripa― solía decirle ella que siempre estaba muertecita de frio.
               Y eso hacía el niño Tomás allá arriba, en el monte, cuando sentía la queja del hambre dentro de él. Entonces sacaba del morral su cazo, lo acercaba a la lumbre que siempre prendía para calentarse y asaba el diente de ajo que le había dado la tía Filis. Después le pedía prestada, por favor, un poco de leche a la Canelita:
               ― Un poquito, Canela, sólo para entretener las tripas.
               Después desmigajaba parte del mendrugo de pan, lo echaba en el cazo y esperaba a que la leche de la Canelita hirviera y las migas se pusieran blanditas.
               ¡Qué buenas sabían las sopas canas!
               Muchas veces aquellas sopas eran el único alimento del día. Pero el niño Tomás no tenía motivo de queja, pues allá en el monte, con sus cabritillas, se sentía feliz, como si fuera dueño del aire, del agua del arroyo y de las nubes que pasaban con sus extrañas formas. También le hacía feliz bajar del monte con algún regalillo para sus hermanas: zarzamoras en septiembre, níscalos en octubre, coruja en febrero, espárragos en marzo…En invierno, cuando el monte se helaba y no encontraba nada para llevar, tallaba con su navaja pequeñas muñecas, o cacharritos. Pensaba que unas niñas que crecían sin madre necesitaban de un hermano mayor que las diera algún capricho, porque la tía Inés que les había recogido a la muerte de su madre, era buena mujer pero de carácter huraño. Bastante hacía por ellos.
               Lo peor llegaba después de los Santos. El niño Tomás, cuando llegaba el frío, se refugiaba a veces en un aprisco abandonado que casi estaba en ruinas. Fueron varias las veces que, sorprendido por la nevada, tuvo que pasar la noche allí, al abrigo, porque las sendas que bajaban al pueblo se helaban o quedaban ocultas bajo el blanco manto.
               Al niño Tomás no le gustaba dormir en el aprisco, porque el viento gemía como las ánimas en pena y porque sabía que los lobos merodeaban, acercándose al olor de la carne fresca.
               Fue precisamente en una de aquellas noches. Por la mañana, antes de partir, la tía Inés le había advertido:
               Baja pronto, Tomás, mira que la veleta se ha puesto en mitad del monte y ya sabes que en haciendo tanto frío como hace, eso significa que va a nevar.
               Pero el niño Tomás se acordó demasiado tarde del consejo de su tía. La tarde se volvió oscura de repente y una terrible tormenta de nieve le obligó a guarecerse, junto con sus cabritas, dentro de las ruinas.
               Con mucha dificultad encendió una hoguera mísera y se dispuso a guisar sus sopas canas. Hacía mucho frío. Canelita y las demás se arracimaron cerca de él, con temor. Estaban inquietas, balaban con un gemido quedo, como si algo desconocido les agarrara por el pescuezo. Tomás sabía lo que era.
               El lobo.
               Efectivamente, la noche empezó a llenarse de aullidos, tantos que hasta el viento se asustó y calló. Pronto el oído del niño Tomás, acostumbrado a distinguir los sonidos de la naturaleza, le advirtió de unos pasos leves que se acercaban. Las cabras corrieron como locas hasta el rincón más oscuro, sólo la Canelita permaneció valiente al lado del niño Tomás. Hasta la hoguera, asustada, se apagó.
               Primero fueron dos ojos amarillos entrando desde la oscuridad de la noche. Luego refulgió el blanco de los colmillos y el aire se llenó de un hedor a fiera hambrienta.
               El lobo había conseguido entrar.
               El niño Tomás cogió su cayado dispuesto a defender con su vida las cuatro cabritillas que estaban a su cuidado. Sostuvo la mirada de la bestia para que supiera que pelearía y le chilló sin miedo:
               ¡Fuera de aquí!
               Entonces un rayo de luna se abrió paso e iluminó la estancia, justo para que el niño Tomás viera a dos lobeznos, que rodeaban a su madre la loba, herida por un cepo en una pata.
               El niño Tomás comprendió que, lejos de hacerles daño, aquellos pobres animales estaban tan asustados y hambrientos como él.
               Sólo tenía sus sopas canas y no estaba muy seguro de que fueran alimento propio para fieras tan feroces. Pero los lobeznos despejaron sus dudas: se acercaron al cazo que el niño Tomás les ofrecía y dieron buena cuenta de él. Hasta la madre loba comió de aquellas sopas de leche, pan y ajo y después se tumbó para que sus hijitos buscaran el calor de su tibio cuerpo.
               Aquella fue una larga noche. El niño Tomás y Canelita apenas podían apartar los ojos de la loba y sus hijos. Cuando llegó el día, el niño Tomás había conseguido quitar el cepo de la pata del animal y se había ganado su reconocimiento.
               Por la tarde bien se cuidó el niño Tomás de recoger a tiempo a sus cabritas para poder llegar a casa a tiempo. Estaba cansado. Necesitaba el fuego de su hogar, a sus hermanas e incluso a su tía Inés. No tenía ajo, no tenía mendrugo de pan. No podía pedirle más leche a Canelita o en casa se quedarían sin su cuartillo de leche.
               Pero antes de salir a los nevados senderos, recibieron una visita: la de la madre loba y sus dos lobitos. Entre sus fauces llevaba una liebre recién cazada, que puso con reverencia a los pies del niño Tomás.
               Aquella noche hubo un festín en la casa. Y, desde entonces, se pudo ver al niño Tomás rodeado de amigos, en el monte.
               En compañía de lobos.